Mr. Lee ha venido a buscarme hoy.
Necesitaba dinero. Se ha vestido con ropa Lao elegante que guarda para las reuniones del Partido, reloj incluído. Ha caminado descalzo -para no manchar ni dañar sus únicos zapatos- hasta la carretera por el camino de cabras que lo separa de ella y ha esperado a que alguien lo acercase hasta el cruce principal, o quizá ha tenido suerte y lo han traído directamente, sólo puedo elucubrar. He visto el proceso más veces y suele ser así. Ha llegado a las 9:30 y es una persona que se levanta con el sol. Nos separan poco más de 30km. Las montañas tienen su propio ritmo.
Mr. Lee es un maestro de maestros. Un “sumo chamán” por decirlo de alguna manera. Un anciano. Mi relación hacía él es de respeto, agradecimiento y cierta decepción. Es un gran hombre. Una gran persona. Una que carece de ‘visión de clan’.
Su gran problema ha sido la tradición. Él es el garante de la tradición, de las ‘maneras’ de su tribu. Juez, jefe durante muchos años, miembro del consejo de ancianos, contacto local del partido… Su ‘problema’ es que usa la tradición como garante de su status quo: en el sistema tradicional él sería el jefe del poblado, de su clan, de todos los chamanes (que son sus estudiantes/hijos adoptados). En la realidad está muy sólo porque aceptar su autoridad es aceptarlo a él y su moral como dirigente de tu vida.
Mr. Lee tiene una casa enorme y 3ha de tierra (una para cultivar arroz, el resto para caucho). Es un hombre próspero que podría ser rico de tener una familia que trabajase sus propiedades. Es un hombre con el que es muy difícil vivir porque su código es muy estricto y ya nadie vive así: nadie quiere ser esclavo de nadie. No es un tirano, la vida, sencillamente, es mucho más fácil ahora en Laos. Sobre todo en las montañas. La tradición ya no (um…) es una cadena y si la usas como tal la gente sencillamente se quita la correa del cuello o la rompe. O sufre. Nadie dura como jefe en las montañas pretendiendo obligar a la gente hacer cosas que no quiere.
Su primera mujer murió por su adicción opio: fumó hasta matarse. Su adicción la llevó a vender todas las cosas de valor de la familia. Todas. Mr. Lee la vio caer en el abismo y morir en él. En sus rituales siempre hay opio para los demás pero él no lo consume. Su segunda esposa le abandonó. La guerra tomó el resto. Su hijo adoptivo se ha buscado otra casa en la que vivir. Su hija adoptiva se marchó a la casa de su marido porque éste no podía vivir más tiempo bajo el techo de Lee pese a que Lee se ofreció a aceptarlo como heredero.
Sólo hay espacio para un martillo cuando éste cree que todo lo demás son clavos. Muchos de sus estudiantes le dieron espalda hace tiempo en su camino a convertirse en cabezas de sus casas, maestros rituales con su propia voz y estatus. El mito de Urano devorado por sus hijos.
Lee se comporta como lo hacían los hombres de su tribu hace cien años. El tiempo ha pasado para los hombres como él. Es uno de expertos en ritual más reverenciados de la región: conoce todos los textos sagrados, todas las canciones, su tambor siempre tiene “los ojos abiertos” y dicen que puede elegir el sexo de niños mientras están en el vientre de sus madres, que puede hablar con serpientes y pájaros. Que los dragones obedecen su voz y sus palabras tienen poder. Un chamán en toda regla a los ojos de su gente.
Hoy necesitaba dinero para medicinas. Por éso ha venido a buscarme.
Hace unas semanas tuvo un accidente de moto: colisionó contra otro motorista. Ambos iban en la misma dirección, sentidos contrarios, ambos resultaron heridos, ambas motos dañadas. La responsabilidad fue compartida. El daño particular: en su caso el manillar se incrustó contra su pecho y costillas. Nada roto: tiene serios daños internos cuya seriedad no entiende. Y dolor. Mucho dolor. Necesita tomar dos pastillas al día durante varios meses para evitar daños mayores mientras su cuerpo intenta recuperarse. En Laos no te suelen matar las heridas: te matan las infecciones.
Los médicos son gratis, las medicinas no. Las pastillas, la tableta de pastillas, cuesta 50cts y dura cinco días. Diez céntimos al día marcan la diferencia entre vida y muerte para esta persona. Le quedaba una tableta empezada. El accidente llegó en un mal momento económico, como siempre.
Mucha gente le debe favores. Es la manera de hacer las cosas en las montañas, donde el dinero apenas existe. Durante mi última visita Mr. Lee pagó una deuda contraída hace veinte años (una piel de cabra perfecta para hacer tambores). Su deuda me permitió filmar como se contruyen los tambores de los chamanes. Probablemente el último tambor que se construya en la provincia: solo queda una persona con el conocimiento para ello (y es otro anciano). Mucha gente le debe muchas cosas a él. Cosas, favores. No dinero. El trueque lleva su tiempo. Todo tiene su ritmo en Laos.
Aquí no hay jubilación, no hay seguros, no hay créditos: hay hijos, hay familia, hay redes sociales.
10 euros para salvar una vida.
He dormido bajo el techo de Mr. Lee; me he calentado con su fuego; he comido de su comida; he bebido de su té, de su cerveza y de su whiskey de arroz. Hemos brindado juntos.
Le hubiese dado todo lo que tenía encima. No puedo: hay reglas, hay público. Mi juego es ahora el de los cabezas de clan: yo soy la cabeza del mio y tengo mis deberes y responsabilidades. He preguntado cuantas tabletas necesitaba y he redondeado la cifra. 10 euros, 100.000 kips laosianos. Es justo. Nada más y nada menos.
Me gustaría poder preguntar en el poblado cómo se percibe el accidente: usualmente son una muestra de que algo “no está bien”. Ancestros enfadados, espíritus que no protegen lo suficiente… la correlación en las culturas animistas se sustituye con causalidad. Y ésta tiene un componente cosmologico-social muy cercano. Tú tienes la culpa por activa o por pasiva de tu “suerte” (algo has hecho mal, algo no has hecho bien).
Los chamanes no deberían estar nunca enfermos, ni tener accidentes. En teoría. Es difícil librarse de un ‘premio’ que siempre ‘toca’ en países como éste.
Recuerdo que de niño veía a la gente santigüarse antes de salir de casa. En Laos, los días que me toca conducir, me dan ganas de hacer lo mismo.