Se llamaba Garung.
Era hijo de un noble en la ciudad Amritsar, en la India.
Como todos los demás hombres de su familia tomó para sí
el sobrenombre de Singh (León). Era un Sikh.
Cumplía las cinco normas sikh: su pelo jamás había sido
cortado, tenía un peine, una pulsera de acero, una espada afilada y su
pantalón sikh.
Sólo había una cosa que perturbaba la perfecta vida de Garung.
Su deseo de salirse de las hebras del entramado del mundo.
Su deseo de que su vida careciese de importancia. Su deseo de que sus actos
no afectasen a nada ni a nadie.
Garung se sentía apresado.
Un gesto suyo podía causar la muerte de hombre. Su sonrisa enamorar a
una mujer.
Su presencia acallaba conversaciones. Su ausencia provocaba el envio de la guardia
de su padre en su busca.
Si renunciaba a sus estudios el mundo perdía su significado. Pero si
estudiaba todo escapaba a su comprensión.
Si miraba algo en particular ese algo era traído a sus pies, y si no
miraba nada se traían miles de cosas de todo el mundo que despertaran
su interés.
Garung sólo quería dejar de tener relevancia en el mundo. En la
gente.
En las demás hebras del tapiz de la existencia que le había tocado
vivir.
No podía morir pues la tristeza embargaría a los más cercanos.
Y su simple vivir era un contínuo afectar a las cosas.
Acción y no-acción: todo causaba efectos en la vida.
Desesperado pidió ayuda al gran Guru Nanak, padre de todos los sikhs.
Y éste apiadado de Garung intercedió por él ante Dios y
sacó su hebra del tapiz de la creación, como si jámas hubiese
existido.
Garung fue por fin feliz, libre ya de todo peso.
Sin embargo, habiendo sido criatura viviente, tuvo que seguir existiendo de
alguna forma. Nanak, el gran Guru, convirtió a Garung en estrella apagada.
De forma que su brillo nunca fuese visto y no afectase a nada ni a nadie.
En noches como ésta, en las que en torno a una hoguera se cuentan cuentos
de cosas que nunca fueron, la estrella de Garung brilla.
Y él llora por ello.