:: HORRIBLE
Era fea.
Fea con avaricia, que le gustaba decir a su abuela.
Capaz de traumatizar a un ciego, decía su madre cuando hablaba sobre ella.
Hay rostros que son como un amanecer de primavera, el suyo deslumbraba con
la negrura más absoluta.
En el pueblo se decía que jamás moriría, que la Muerte no se atrevería a venir
a buscarla, uno de los motivos a los que se achacaba la longevidad de los
ancianos del lugar era al pánico que tenía la Muerte a encontrarse con ella
cuando hacía su trabajo.
No andaban muy desencaminados.
Ella y su hermana nacieron el mismo día, casi a la misma hora.
Primero nació su hermana, una chiquilla monilla a la que llamaron Isabor,
en honor de su abuela. Luego llegó su turno.
Un nacimiento interesante: la comadrona, una vieja simpaticona que creía haberlo
visto ya todo, murió de la impresión.
Su padre, un pobre hombre que se jactaba de llamar siempre a las cosas por
su nombre la llamó Horrible.
Está claro que llamándose Horrible nadie puede aspirar a una infancia normal.
Al principio, con la llegada de los primeros rumores la gente del pueblo decía
"pobrecilla, no será para tanto", para a continuación caer presa de súbitos
espasmos ante la visión de la joven criatura. Contrariamente a lo que se pueda
pensar, con el tiempo nadie logró jamás acostumbrarse a verla.
Horrible nunca fue a la escuela, producía pesadillas a sus compañeros.
Cuando se quería castigar a alguien se le mandaba ir a casa de Horrible, incluso
el cura logró, gracias a ella, dar ciertas notas coloristas a sus penitencias.
Así creció: sola, sin nadie que la quisiese.
La verdad es que si hubiese nacido en uno de esos países del sur en los que
el velo es obligatorio, tal vez, y sólo tal vez, hubiese tenido una oportunidad.
Hoy en día podría haberse operado, o haber protagonizado películas de terror.
Cuando todavía era bastante pequeña hubo quien dijo que si se le machacase
la cara con piedras tal vez no quedase tan mal, y al menos tendría una buena
excusa para estar así.
Sus padres se lo plantearon seriamente, incluso eligieron las piedras, pero
al final desistieron, aunque su imaginación lo negaba, la lógica les advirtió
que cabía la increíblemente pequeña posibilidad de que Horrible quedase peor.
Hay quien afirma que todo tiene su encanto, una parte positiva, que todo tiene
algo de belleza.
Está claro que eso lo dice gente que jamás se enfrentó cara a cara con Horrible.
Sus propios padres le hablaban dándole la espalda, a poder ser cuando ella
estaba en otra habitación, y por supuesto nunca abrían los ojos cuando lo
hacían. Por si acaso.
En el pueblo quisieron colgarle una campanilla para saber cuando venía, sólo
las súplicas del párroco lograron evitarlo. Treinta años después todavía se
flagelaba durante una hora todas las mañanas por haberse opuesto a la brillante
idea. No murió de viejo, murió de culpa.
Muchos otros murieron de espanto.
Cuentan las crónicas, que hubo otra desafortunada persona que logró aproximarse
al grado de fealdad de Horrible, también cuentan que sus intestinos se rebelaron
y que con ayuda del páncreas y algún que otro órgano lograron estrangularla
a tiempo.
Horrible, desde que una tarde de otoño leyó esa historia, dedicaba parte de
su tiempo libre a animar a alguna parte de su cuerpo para que tomase la iniciativa.
Su cuerpo siempre la ignoró, incluso cuando se hacía la despistada, y eso
que siempre le salió bastante bien.
Mientras, Isabor crecía rodeada de todas las atenciones imaginables.
Sus padres temían que el trauma de tener a Horrible por hermana la hubiese
afectado sobremanera. Todo lo contrario.
La verdad es que Isabor desarrolló una habilidad especial para aprovecharse
de su situación, comparándola con su hermana, ella era una diosa de la belleza
merecedora de mil poemas y canciones, aunque pensándolo bien, cualquier muchacha
viva -y algunas muertas- lograría vencer por mayoría absoluta a Horrible en
un concurso de belleza.
El caso, es que todo el mundo la malcriaba, sus padres anhelaban tener al
menos una hija normal, y la gente del pueblo sentía lastima por ella, así
que Isabor tenía todo lo que deseaba.
Algún purista de la psicología infantil afirmaría que Isabor acabaría siendo
una joven engreída, caprichosa, egocéntrica, y con una autoestima del tamaño
de varios sistemas solares.
Del todo cierto.
Pero Isabor era asquerosamente feliz.
Horrible fue creciendo, aunque nadie pareció darle especial importancia, y
como no tenía otra cosa que hacer se dedicó a leer.
Al cabo de pocos años era una de las personas más cultas del reino.
Nadie se enteró jamás de ello. A nadie le importó no enterarse.
A Horrible tampoco le importó en demasía que nadie se enterase, estaba acostumbrada
a ser ignorada, y odiaba ver las expresiones de la gente que se encontraba
con ella.
También odiaba tener que dar los avisos para que se llevasen los cuerpos.
Pasaba casi todo el día en los pantanos y charcas cercanos a su casa, allí
se retiraba a leer, lejos de todo y de todos.
Sólo allí lograba sentirse normal.
No era una joven encantadora, era bastante susceptible, y tenía motivos para
serlo.
A lo largo de los años había empezado a desarrollar una cierta vena cruel,
a veces deseaba encontrarse con la gente y brindarles la experiencia de su
vida.
Tenía ciertas tendencias al soliloquio, pero dada su situación, eso era natural.
En fin, tenía sus defectillos, pero se merecía una oportunidad.
Todo el mundo se merece una oportunidad. Horrible la tuvo.
Se la dio una rana.
Bueno la verdad es que no era una simple rana, pertenecía a la familia real.
Las ranas del pantano cercano a la casa de Horrible habían desarrollado una
floreciente y bastante compleja civilización con monarquía incluida.
Ella tuvo la suerte de conocer a un príncipe con derechos al trono, no muchos
derechos (era el número cincuenta y siete de la lista), pero dada la natural
tendencia de las ranas a morir de forma violenta [Violenta para una rana implica
desde un simple aplastamiento por suela de zapato del 45, hasta despedazamiento
múltiple seguido de rápida digestión por cualquier ser más grande o más hambriento
que ella.] , era bastante probable que acabase reinando, al menos durante
un tiempo.
Además, lo más importante para Horrible, era que su rana
no le daba ninguna importancia a su aspecto físico.
Tal vez hubiera debido saber que para las ranas todos los humanos son parecidos:
grandes y patosos.
La imagen que su especie tiene de ellos jamás sobrepasa la altura de las rodillas
(también es cierto que esa es la altura máxima que pueden llegar a estudiar
sus expertos antes de terminar sus monográficos sobre anatomía comparada de
forma violenta [ver definición de vilolenta para una rana...] ), de
hecho las últimas corrientes de pensamiento aseguran que es muy probable que
sea ahí donde reside su cerebro. Les haría felices saber que en muchos casos
es cierto. El caso es que Horrible estaba encantada, había alguien que no
se desmayaba al verla, y además tenía las tardes ocupadas.
Ya estaba empezando a preocuparse, los libros se le estaban acabando, y por
muy amena que una persona pueda llegar a ser, después de unos cuantos años
hablando consigo mismo es bastante probable que cualquiera llegue a aburrirse
un poco, no mucho, pero lo suficiente como para encontrar interesantes las
charlas con una rana, que además conocía todos los chismorreos sobre la casa
real. Ranas que hablan, tonterías, dirán algunos.
Deberían haber conocido a Horrible, eso siempre hacía más crédula a la gente,
de hecho después de verla se creían cualquier cosa.
En este caso en particular sólo la creyó su hermana.
No fue una cuestión de confianza, fue simple necesidad de creerlo.
Isabor había empezado a amargarse.
Todo comenzó un día en que algunas damas importantes, impresionadas por las
historias que circulaban sobre Horrible, y muy aburridas de la rutina de la
corte, acudieron al pueblo para conocerla.
A Isabor ni siquiera la miraron.
No es que girasen la cabeza, o cerrasen los ojos, como la gente hacia con
Horrible, sino que no la miraron, ella estaba allí, delante de todos, sonriente,
deseando decir algo, y nadie se fijó en ella.
Ni siquiera se despidieron.
Desde ese momento Isabor empezó a plantearse que tal vez no era la persona
más encantadora del mundo, y lo que más le dolía pensar, que tal vez no era
perfecta.
Fue ese tal vez, el que hizo que empezara a amargarse. No era nadie.
Era una simple muchacha de pueblo que no sabía hacer nada, cuyo máximo logro
en la vida había sido ser la hermana de Horrible. Y menudo logro.
Cada día que pasaba se volvía más amargada, más infeliz, más intratable.
Pero a la gente que la conocía no pareció extrañarle,"claro, teniendo que
aguantar a Horrible como hermana es normal", decían.
Horrible, Horrible, siempre era Horrible.
Encima de toda la gente de la corte que venía a verla a ella, ahora había
conocido a un príncipe.
Era injusto que alguien pudiera tener tanta suerte.
Isabor deseaba ser alguien importante. Decidió serlo.
Cuando al cabo de un tiempo Horrible anunció que se iba a vivir al pantano
con las ranas, sus padres suspiraron de alivio, Horrible se había vuelto loca
seguro.
Algo de lo más normal después de verse a si misma tantas veces a lo largo
de su vida.
Además, era ya bastante talludita y sabía lo que hacía, y si no lo sabía,
pues mejor, igual había suerte y se perdía en los pantanos. Para siempre.
La gente del pueblo cuando se enteró de la noticia empezó a dormir más tranquila,
incluso volvió la moda de pasear por las calles.
A ellos les daba igual el porqué, el caso es que Horrible se iba.
Decidieron hacer una fiesta de despedida, también decidieron hacerla después
de que se fuera.
Para Isabor fue la noticia de su vida.
Como todo el mundo, sabía lo básico: Horrible besaría a su rana y se convertiría
en princesa.
A todos le pareció de lo más desagradable la idea del beso. Besar a Horrible.
Aggh.
A Isabor besar a una rana le pareció un precio ridículo por pasar a ser parte
de la realeza. El día más esperado por todos Isabor se fue de casa, dejó una
nota con un rápido adiós y gracias por nada, y se marchó. Nadie la vio irse,
y tampoco le importó a casi nadie que se fuera.
Media hora después se fue Horrible, no dejó ninguna nota, hubo gente del pueblo
que fue para ver, desde lejos, como se iba, querían asegurarse de que realmente
se iba y no se trataba de una broma pesada.
Hicieron una gran fiesta y fueron muy felices, al menos hasta la mañana siguiente,
que llegó la resaca.
Cuando Horrible llegó junto al pantano sólo pudo ver a dos ranas que se alejaban.
Su rana no había notado el engaño, al fin y al cabo todas las rodillas son
parecidas.
Horrible volvía a estar sola, y ahora ni siquiera tenía a su rana para conversar.
Encogió los hombros e intentó, fallando por mucho, poner cara de circunstancias.
Tampoco era para tanto.
Al fin y al cabo, y por mucho que lo había intentado, no había conseguido
acostumbrarse al sabor de las moscas. Se alejó paseando tranquilamente.
Isabor se acostumbró a ser rana, y con el tiempo llegó a ser reina, eso si,
no duró mucho en el puesto: por esa época se pusieron muy de moda las ancas
de rana con salsa verde.
Sus padres se hicieron ricos. Fueron los principales proveedores de ranas
de la corte.
¿Y Horrible?, se preguntarán algunos.
Esa es otra historia.