:: MARDOUC

Cuando los días eran menos cálidos y las arenas ya no quemaban al pisarlas.
Cuando las noches eran menos frias y las rocas dejaban de estallar en la oscuridad al helarse el agua que se condensaba en su interior mientras atardecía.

Cuando las mujeres empezaban a impacientarse porque se terminaban sus existencias de kohl para decorar sus ojos con trazos negros, o de udyu para darle toques de verde malaquita. Cuando se terminaban los aceites de sicomoro para mezclar con el ocre rojo y hacer irresistebles a las miradas sus rostros...

Entonces las mujeres miraban al este.

Los hombres siempre miraban al este. Siempre pensaban en armas. Noticias del desierto. Siempre pensaban en djinns, en magia, en cuentos.


Todos esperaban al viejo Mardouc. Mardouc el viejo. Mardouc el mercader.

Mardouc llegaba desde el este una vez al año.
Daba igual donde estuviese tu poblado. Si eras nómada. Si te alejabas cada vez más de las ciudades hacía el perdido Mar de Arena.
Mardouc te encontraba.
Llegaba hasta tí con sus camellos, sus haimas, y sus mercancias.

Ese era el pacto. Tú le invitabas a tu fuego. Y el se sentaba a tu lado y bebía tu té.
Así había sido siempre. Así lo recordaban los más viejos.

Mardouc conocía todos los cuentos. Y cada noche contaba uno.
Los más jóvenes, apartados de las hogueras de los mayores escuchaban en silencio y se aprendían todas las historias.

El ritual era siempre el mismo, al atardecer, cuando el sol dejaba de hacer daño, Mardouc sacaba todas sus mercancias y empezaba a cambiarlas.
Aceptaba de todo: sal, oro, piedras de cristal de multiples colores, rocas huecas del desierto, herraduras, metales, carne seca, agua...
A cambio traía sal de mejor calidad, aceites, perfumes, armas, tintes, y cosas extrañas de extraños usos de lugares muy lejanos.

Mientras, contaba noticias del mundo, hablaba de como las ciudades iban creciendo, de como cambiaba todo lejos del desierto. Traía nombres de gentes. Nombres de lugares.

Al anochecer, con el calor del fuego, con la luz de las estrellas del desierto, contaba sus cuentos.
Sacaba una pequeña botella de cristal de roca, tomaba una pequeña copa de plata, y se servía un poco de licor. Después lo apuraba a sorbos. Era el licor azul de Mardouc.

Ese era el momento.
El licor azul de Mardouc despertaba la curiosidad de todos. Tras él venían las historias.
Djinns, demonios, magia, maravillas... historias de cuando el desierto no era tal sino un vergel, de cuando los hombres no eran tantos, y el mundo era más pequeño.
Relatos de sitios donde todo era verde y el agua caía del cielo. O relatos del mar. Relatos de mujeres de cabellos claros, de armas maravillosas, de ciudades grandes como montañas...

Una copa de su licor azul y un cuento. Siempre era así.
En algunas noches especiales, a veces tomaba una segunda copa y contaba un cuento más.

Al cabo de unos días Mardouc se marchaba por el oeste.
Y empezaba la cuenta atrás para la siguiente visita.


De todo el poblado sólo uno de los más ancianos sabía qué era el licor azul de Mardouc. Y lo guardaba en secreto.

Una vez, siendo muy joven, apenas un hombre, pidió a Mardouc probar el licor azul.
A cambio le dio una herradura de plata.
Mardouc le pidió además el recuerdo de un día en el desierto.
El joven, contento, le dijo que todos sus días eran iguales en el desierto, y le ofreció sin problemas un día cualquiera de sus recuerdos.

Se llamaba Mu'awîyya ibn Salâh.

Tras probar un largo sorbo del licor azul, empezó a sentirse extraño.
Durmió durante varios días. Y al despertar sus ojos se habían vuelto azules.

Mardouc el viejo ya se había ido.

Mu'awîyya estaba muy enfermo, algo se había colado en sus sueños, y tras despertar ya no podía dormir. Su corazón estaba apresado. Su mente dispersa.
Tenía un ansia y una necesidad que nada parecía llenar. Se sentía incompleto.
Una sensación desconocida se había alojado en su interior.

Otro de los ancianos al ver sus ojos le dijo que la única cura para su mal era buscar a Mardouc y que le dijese el verdadero nombre del licor azul, o su composición, de forma que pudiesen curarlo al saber que es lo que había tomado.

Mu'awîyya partió al oeste siguiendo las huellas de Mardouc.
Pero siempre llegaba tarde a los poblados. El Viejo, a pesar de ir cargado de mercancias, lograba adelantarse a sus pasos.
Y en el desierto se movía como el viento, de forma que aunque alguna vez logró atisbar su caravana en la lejanía nunca lograba acercarse lo suficiente.

Así pasó varios años. Viajando por el desierto. Llegó a atravesar el Mar de Arena con las caravanas de tuaregs que traficaban con hombres y sal. Y vivió una temporada en el Pueblo Que No Existe, en la mítica Zerzura

Un día, en un poblado perdido en lo más profundo del Tassili, encontró la caravana de Mardouc.
Esa noche, tras ver como Mardouc bebía de su copa de plata unos sorbos de licor azul y narraba su cuento, Mu'awîyya se acercó a él y le preguntó acerca del licor azul.

Mardouc reconoció al joven Mu'awîyya en los ojos del hombre del desierto que le hablaba con voz grave. Al fin y al cabo en su mente tenía el recuerdo de un día de su vida en el desierto.

Sacó su botella de cristal de roca y su copa de plata, la lleno a rebosar de licor azul, y le dijo a Mu'awîyya:
-moja un extremo de uno de tus dedos en el licor azul y prueba su sabor-.


Así lo hizo Mu'awîyya. Y al momento sintió dispararse de nuevo el mal que le atacó la primera vez que probó el licor. Sólo que está vez podía empezar a percibir cual era el mal. La sensación que le torturaba desde aquél día empezaba a tener forma.

Mardouc apuró la copa de plata llena de licor azul, y habló.
- El licor azul es destilado de Nostalgia. Cuando eras más joven jamás la habías sentido, y eso provocó tu Vacio. Tu Necesidad.
Ahora la Nostalgia vive en ti. Reconócela. Te ha acompañado todos estos años.
Tus ojos ya no son azules.
Cuando recuperes aquellas cosas que añoras estarás curado.

Mu'awîyya asintió. Era cierto, lo podía sentir así.
Volvió a su poblado. Rehizo su vida.
Tomó a una mujer. Guió la casa de su padre. Y fue feliz. Conscientemente feliz.
Cambió su nombre y se hizo llamar Walîd (Recién nacido) ibn Salâh.
La sal casi pura que trajo de sus viajes con los tuaregs le hizo un hombre rico y respetado.
Tuvo hijos. Y estos le dieron muchos nietos.


Y cada año esperaba la visita de Mardouc el viejo.
Escuchaba las historias, las noticias, los cuentos. Comerciaba con él.
A veces era él mismo quien contaba alguna historia o algún cuento al calor de las hogueras.

Walîd conocía el verdadero Secreto de Mardouc y su licor azul.
En realidad Mardouc nunca contaba cuentos.

Mardouc sólo bebía destilado de nostalgia, y recordaba su vida.