:: MATY "LA GATOS"

Así es como la llamaban.
A ella le gustaba.
Vestía mil harapos y si te acercabas lo suficiente, apestaba.
Sólo que nadie se acercaba lo suficiente. Era fácil reconocerla a la distancia, una vieja enorme, gorda, rellena de capas y capas de ropa, como una cebolla.
Una cebolla podrida.

Empujando un destartalado carro, robado hacía siglos en algún centro comercial del extrarradio, lleno de mil cosas que se desbordaban por todos lados sin llegar a caerse nunca del todo. Asi era desde lejos.
De cerca, su cara, arrugada y muy maltratada por la vida, con una mirada aviesa y retorcida, era lo que más llamaba la atención.
Hasta que abría la boca llena de dientes medio rotos medio podridos, y las madres tenían que tapar las orejas de sus hijos para que no se viesen asaltados por la riqueza del lenguaje más barriobajero de toda la ciudad.

Todo eso la definía como muy "especial".
El gatito que siempre llevaba atesorado contra su pecho la volvía única.
Lo llevaba envuelto en telas y mas telas, enrrollado como una momia, de forma que apenas se le veía asomar la cabeza.

Era lo único bello de todo su ser. Esa cabeza de gatito.
El gatito provocaba que la gente quisiese a Maty.

Una persona que quiere tanto a los animales no puede ser mala. Decían.
Aunque tenga esa mirada. Y esa cara. Y trate tan mal a los niños. Y a los mayores. Y a los perros.
A todo el mundo en general.

Era Maty la Gatos gracias a la cria de gato. Maty conseguia sobras de calidad de la mitad de los restaurantes de la ciudad -lo cual explicaba porque estaba tan asquerosamente gorda- y leche caliente para su bichito y una copa para ella en gran parte de los bares y cafés.
La gente la invitaba para mantenerla ocupada mientras su gato bebía su leche.

El pobre daba una lástima terrible, siempre famélico. Y con esa mirada.
El gatito, además, era un reclamo para que la gente le diese dinero. Y funcionaba.

Todo el mundo se hubiese sorprendido de saber que Maty era rica.
Fajos y fajos de billetes apestosos se acumulaban entre sus ropas interiores (usaba varias) acumulando kilos de mugre y malos olores. Nadie se preguntaba nunca porque Maty tenía siempre una cria de gato.
Todos preferían pensar que era siempre el mismo. Lo cual era absurdo. Y lo sabían en el fondo.

Ni que pasaba cuando el gatito crecía.

El único gato adulto con el que se la veía era una vieja y gorda gata negra que tenía marcados con sus zarpazos a muchos de los niños de la ciudad que se habían acercado a ella por curiosidad.
Solían ir juntas. Mirando mal a todo el mundo. De reojo.
Y juntas se dejaban caer en algún banco de los parques a dormir las siestas bajo el sol.

La Verdad hubiese provocado que se acabasen las sobras de calidad de los restaurantes.
Y la leche caliente. Y las copas. Y las limosnas. Y las siestas en el parque.
La Verdad hubiese obligado a Maty a escapar de la ciudad. Y del país. A cambiar de continente.

La Verdad es que siempre estaba con una cria de gato porque en cuanto crecían les rompia el cuello y los tiraba a la basura.
Los gatos adultos no despiertan los buenos sentimientos de la gente. Y comen mucho. Y pesan. Y se mueven demasiado. Y te miran mal.

Siempre la miraban mal. Acusándola.

Lo primero que hacía cuando robaba un gatito, era romperle las patas traseras por varios sitios y arrancarle todas las uñas para que no se pudiese escapar nunca y no diese muchos problemas. Luego lo encerraba en telas para que no diese la lata. Y para que las patas se soldasen torcidas.

Condenándolo a vivir cerca de su maloliente pecho hasta que fuese demasiado grande.
Por eso despertaban tanta lástima y sus maullidos tocaban tu corazón.

Esa era Maty "la Gatos". Maty "la Loca". Simplemente Maty.

Quizás te la encuentres un día empujando su carrito. Con un gato acurrucado en su pecho.

Págale una copa... y da tiempo a su gatito a terminarse la leche.