:: JUAN NADIE

Durante un tiempo vivió debajo de una mesa.
Eso no le ayudó mucho, pero al menos allí se sentía seguro.
"En caso de terremoto escóndete bajo una mesa". Lo decían en una película.

Allí pasó bastante tiempo. A oscuras, bajo su mesa.
Sólo se arrastraba fuera por la noche para ir al baño o ir terminando con las existencias de su despensa.
Aprendió a saborear la pasta italiana sin cocinar. Hasta que se terminó.
Fue vaciando todas las baldas de la nevera. Luego las del congelador. Las latas fueron lo último en acabarse.

Dice, pero eso no me lo creo, que se llegó a comer las cremas revitalizantes para la cara. Por las vitaminas...

Estaba a punto de tener que salir a la calle. De rendirse.
De tener que salir de debajo de la mesa de su despacho.

Pero lo echaron antes.
El teléfono que había cortado le hubiera hecho saber que tenía demasiados pagos pendientes.
El correo que jamás se atrevería a mirar estaba lleno de facturas e impagados.
Y seguro que el ordenador, que había escondido en un armario que ahora tenía un cajón claveteado cerrando las puertas, podría haberle atajado un camino a todas sus ahora rojas cuentas.
De no haber estado a oscuras hubiera sabido que no tenía luz.

No te mueres hasta que te has muerto.
No terminas de poseer tu casa hasta que la has pagado.

Lo echaron de la que nunca había sido su casa. Estaba hipotecada.
Y como no tenía nada para llevarse sus cosas, ni ningún sitio al que llevarlas, ni el mínimo interes por hacerlo... se quedó sin sus cosas.

Habla de camisas de diseño de Zegna, trajes de Armani, ropa de sport de Hugo Boss, e incluso alguna horterez casual wear del estilo de Tommy.
Le concedo que al menos conoce las marcas.

Su aliento apesta, y algunos de sus dientes no volverán a dormir en su boca.

Cuenta que mientras la ropa que llevaba puesta no apestaba demasiado conseguía dinero aquí y allá.
Su sonrisa, cuando sonreía, hacía que las mujeres le diesen algo de dinero.
Sólo necesitaba comer. Dormía en el campo. A las afueras.
Y sólo volvía a la ciudad a por dinero para comida.

Un día le enseñaron que no necesitaba ir al campo para estar solo, bastaba con beber lo suficiente para olvidar que no lo estás.


Aún hay brillo en sus ojos.
Dice que era un genio. Tal vez lo fuera. Tal vez el brillo vino después.

Sabe lo que es un ordenador. Y al menos habla de redes en anillo y de blindar los puertos con un firewall.
Habla de datos y clusters y de hacer magia en internet.
Odia los ordenadores.

Huele mal. Lo notas cuando el viento lo atraviesa y te trae su olor. Huele a viejo.
A desván vacio. Con algo pudriéndose dentro.

Dice que un día perdió la ilusión. Que dejó de hacer magia. Perdió su toque.
Fue poco a poco.
Un día lo tenía todo. Y al cabo de un tiempo ya ni siquiera recordaba lo que había perdido.

El teléfono no dejaba de sonar. Así que lo cortó.

Y se escondió.
Como cuando era pequeño. Para que lo dejasen en paz por un tiempo.
Debajo de una mesa. Lo decían en una película.

Nunca te dejan en paz. Dice, y se rie.
Es cierto. Nunca lo hacen. Yo lo sé.
Siempre hay un teléfono que suena. Incluso cuando no tienes teléfono.


Te podría pasar a ti. Me dice muy serio mirándome fijamente a los ojos, y se rie a carcajadas.
Lo miras. Los ojos aún le brillan. Esta vez podrían ser lágrimas. O quizás no.

Me pide dinero.
Para un bocadillo dice. Miente. Los dos lo sabemos.
Le digo que hace frio, que mejor será que se tome algo más fuerte para entrar en calor.

Y le doy dinero.

Las Historias siempre cuestan dinero. O tiempo.
Al igual que los Pensamientos. O los Barqueros. Todo tiene siempre un Precio.


Me pregunta mi nombre mientras me alejo. Lo ignoro y sigo mi camino.
No muy rápido, no muy despacio. Dándole la espalda.

Yo podría ser él.
No quiero ponérselo más fácil. Ya sabe demasido de mí.


Mientras camino suena un teléfono.
Los teléfonos siempre suenan. Incluso cuando no tienes teléfono.