Hay muchos cuentos que cuentan la misma historia.
Uno de ellos dice que Xan una vez fue Niño.
Y que caminando por los pasillos del Palacio de su padre se encontró
al Oscuro.
No era la primera que esto ocurría.
Sin embargo esta vez el Oscuro no se ocultaba en la luz o se disfrazaba con
una sonrisa o bellas palabras.
Paseaba tranquilo, desnudo a cualquier mirada y sonreía al niño-Xan
socarronamente.
Xan extrañado ante tal actitud se acercó al Oscuro, hizo una inclinación
de cabeza, y educadamente empezó a hablar.
-No lo entiendo Señor. Si cualquiera diese la alarma de que campáis
a vuestras anchas por el Palacio de mi padre, mandarían a los Magos y
os encerrarían en una lágrima de cristal hasta el final de esta
Edad.
El Oscuro dió una fuerte palmada con sus manos que sonó por todo
el pasillo dejando oir sus ecos durante unos segundos.
Y no pasó nada. Nadie acudió. Sólo el silencio.
El Oscuro empezó a reir, miró a Xan, le apartó un mechón
rebelde que cubría su cara, y le comentó mientras se alejaba tranquilamente:
-Estoy libre Xan. La vieja Profecía se ha roto. El último monje
de tu orden que sabía mi auténtico nombre ha muerto.
Mientras aún se oían las carcajadas del Oscuro, Xan salió
corriendo buscando a su Maestro.
Lo encontró contando los granos de arroz de una enorme vasija.
Rápidamente le contó lo ocurrido. Aún jadeaba por la carrera.
Su maestro sin levantar la mirada de los granos de arroz simplemente le respondió:
-Xan, ¿desde cuándo te crees todo lo que dice el Oscuro? Siéntate
y cuenta granos de arroz.
Xan, se sentó, aún conmocionado. Y empezó a contar granos
de arroz.
-¿Cuántos he de contar Maestro? -Preguntó al cabo de un
rato.
-Cuando sepas cuántos tienes que contar podrás dejar de contarlos-.
Dijo su Maestro.
Y los dos siguieron contando.