:: XAN

Así le llamaban. Aunque su nombre era Ch'i Shih Xan.
Era el hijo menor de un dios menor de Xianang, en Chung Kuo, el Reino Medio.

Y en ese momento estaba sentado a los pies de su padre en la Sala de los Ocho Inmortales, la más pequeña de las ochenta y una salas del palacio de Tongjiang. -Padre- dijo Xan- me siento inútil, vacio, sin rumbo. No veo mi lugar en el mundo.
No siento quien soy ni lo que soy. No percibo caminos en mi caminar. Mi corazón es de jade pues soy tu hijo y por tanto Inmortal. Pero lo siento hueco.
Y en su vacio retumba mi pesar.

Ch'i Shih, uno de los dioses menores, miró fijamente a su hijo, y en el mundo de los hombres esa noche la Luna brilló con luz de jade y lloró lágrimas de mercurio.

-¿Qúe deseas de mí?- preguntó el dios menor. Xan respondió con los ojos cerrados.

-Quiero ser hoja de espada. Templada. Fuerte. Afilada. Quiero prevalecer sobre la suerte y los fuertes y hacer historia. Ser leyenda y ser empuñado por héroes que se convertirán en mitos.

Cincuenta años pasaron, y Xan terminó entregado como ofrenda en un templo por el último guerrero de la tribu de los Ch'un Tzu Fen, quien dejaba las armas y se alejaba del mundo para ser monje y buscar el Tao.
Xan fue preguntado por su padre, y dijo estar cansado de la sangre. De batallas que nunca cambiaban nada. De las miradas de aquellos cuyas vidas segaba. Del peso de sus almas. De la futilidad de la fama.

-¿Qúe deseas de mí?- preguntó el dios.
-Padre, quiero ser punta de pluma. Sabio. Fluido. Enardecer los corazones de los hombres y hablar de sus sentimientos. Registrar la historia y dar forma a mil poemas y a nuevas palabras. Ser poesía. Acicate de tiranos. Verso de amor. Palabras de profeta.

Cien años pasaron, y Xan terminó abandonado en el escritorio de un poeta que fue decapitado por escribir poemas de amor a una de las concubinas del emperador.

Cuando volvió al lado de su padre le habló del sinsentido del amor, del engaño que vive en toda palabra. De la acidez de la tinta, y de cómo poco a poco desgasta tu alma.

Esta vez Xan deseó ser púa de ch'i. Que los laudes resonasen en él. Hacer vibrar su cuerdas. Llenar con mil sonidos los corazones de los hombres. Hacer que se odiase el silencio por la mera ausencia de su música. Saltar de instrumento en instrumento, hasta llenar el Reino Medio con miles de nuevos sones. Quería ser viento de cambios.

Tras ochenta años años siendo púa de laúd terminó formando parte de la corona que la emperatriz regaló al mejor músico del reino por provocar sus lágrimas con una canción.

Xan fue azada de campesino durante quince años.
Ancla de barco durante veinte. Fue fiel de balanza. Aguja de brújula. Fue lámpara de aceite. Cetro de rey. Telescopio de un sabio. Compás de arquitectos. Fue punta de flecha. Brida de caballo. Hoja de hoz. Puerta de un reino. Sello de una tumba. Plata virgen en el fondo de un lago. Malla de un tamiz. Eslabón de una cadena.

Fue acero soñado durante un día en el mundo de los dioses y mil años pasaron en el mundo de los hombres.

Entonces Xan se sentó en una roca.
Cerró los ojos.
Y siguió escuchando los sonidos del mundo. Siendo Xan. Sólo Xan.

Esa noche en el mundo de los hombres la Luna brilló con el rojo cinabrio del arco iris.

Y amaneció más tarde.