:: XAN ESCUCHA UNA HISTORIA

Su nombre era Xan.
Así le llamaban. Aunque su verdadero nombre era Ch'i Shih Xan.
Era el hijo menor de un dios menor de Xianang, en Chung Kuo, el Reino Medio. Una noche, de esas en las que tu sombra se despega de tus pies y vaga a su aire, decidió perderse por un tiempo por el mundo de los hombres.Cubrió su cuerpo con formas de hombre. Y paseó y paseó hasta que sus pasos le llevaron a un extraño jardín de arena y rocas.
En ese jardín un maestro y su discípulo conversaban.

-Maestro (comentaba el más joven), visité como me pedísteis a vuestro hermano, el maestro Wu, en la ciudad de Tan Siang. Y hablé con él. Y le pedí Consejo.
Sin embargo mi corazón se sintió dañado.
Vuestro hermano vive en el Palacio Imperial de Invierno.
Tiene a su servicio a tres mil criados. Viste ropajes de sedas. Come los más suculentos manjares. Doce escribas toman notas de cada uno de los pensamientos que su mente vertebra. Y el propio Poeta del Emperador le acompaña en todo momento para que su transitar por el mundo sea más liviano gracias a sus poemas. Vos sois mi maestro, cabeza de la escuela Tang Su King, la Escuela del Desapego.
Jamás os he visto poseer nada en propiedad.
Y sólo aceptáis el nombre de maestro porque carecéis de nombre propio.
Vestís harapos. Coméis apenas algo de arroz acompañado de cabezas rancias de pescado.
No lo entiendo.
¿Por qué me pidió mi maestro que rogase consejo a su hermano? Él no es Digno.

El hombre más viejo, vestido apenas con unos harapos, terminó de beber su té.
Y pidió al más joven que le diese la respuesta que su hermano le había transmitido.
Su Camino vital en pos del Tao se había detenido. Y se sentía perdido.
Su existencia estaba congelada y su alma vagaba sin rumbo.
Su hermano fue maestro de muchas escuelas antes de abandonarlas todas.
Y siempre había sabiduría en sus palabras.
El joven dudó. Tomó más té. Apuró su taza. Miró como una golondrina rehacía su nido en un árbol cercano. Y entonces habló.

-Vuestro hermano, desde la enfermiza abundancia en la que vive, sólo me dio un mensaje para mi maestro.
Me dijo: "Dile a mi hermano que abandone todo apego a las cosas materiales".

El viejo empezó a reirse a carcajadas mientras golpeaba la palma de su mano contra su rodilla.
Y empezó a asentir con la cabeza mientras decía una y otra vez:
-"Qué razón tiene mi hermano".

-No entiendo maestro. Contestó muy extrañado el más joven.

El viejo, ya tranquilo, sirvió más té para ambos, apuró su taza, y contempló como el hombre-sol huía de la mujer-luna.
Entonces respondió.

-Mi hermano tiene razón. Él vive rodeado de bienes y riquezas.
Pero éstas no le rozan en absoluto.
Yo sólo poseo estos harapos y mi cuenco de comida.
Pero mientras él vive más allá de todo afán en su Palacio con sus tres mil criados, yo como mi arroz y mis cabezas de pescado.

Y sueño que como un pescado entero.