Estado y derechos
Posted in xanfarin.com on February 2nd, 2007 by XanAyer recibí varias bofetadas desde la oficina de extranjería.
La primera vino cuando me “quitaron” mi visa de residente. Era preciosa: un tríptico verde con mi foto, muchos sellos, escudos, y palabras técnicas en alemán muy largas con muchas consonantes. Ese papel me recordaba a los que se falsificaban en las películas sobre la WWII… Era mi nexo romántico con la burocracia alemana.
El burócrata de turno me dijo que ese papel pertenecía al estado alemán. Y se lo quedó. Así, sin más. Ya no hacen más falta. Estuve a punto de decirle que la fotografía me pertenecía a mí, y que me la devolviese. Pero no era cuestión (la foto era de “fotomatón” tras haber escrito una tesis en Suecia… faz con tono blanco cadáver y ojeras y inmigrante recién llegado), y explicar el concepto podría haberme metido en problemas, por listillo.
Fue un pequeño shock asumir la idea de que ese papel NO era mio… que pertenecía al estado alemán y éste podía reclamarlo en cualquier momento. Me sentí un tanto desamparado. Fuera de “casa”.
Sé que por ejemplo, el dinero que uso tampoco es mio, ni siquiera pertenece a mi país, pertenece a la Unión Europea. Por ello yo o mi país no podemos cambiar el valor de los euros y añadir por ejemplo un cero. Pero sigue siendo un shock asumir ciertas realidades implícitas del contrato social.
En el despacho tuvimos una conversación sobre moderna “ciudadanía”. Y salió a colación el “derecho de sangre” en el que se apoya la ley de mi actual país de adopción. En ningún momento me he planteado querer ser “alemán”.
Puestos a elegir otra nacionalidad que la que tengo y disfruto… preferiría ser sueco. Mucho más exquisita en cuanto a número de miembros y renta per cápita.
El caso es que el “derecho de sangre” -la base del nacionalismo alemán- según el cual para “ser alemán” -umm, esto es mucho más complejo…pero resumámoslo así- implica que para ser alemán hay que ser hijo de alemán. Diferenciado del francés -de corte más “colonial”-, que acepta a todos aquellos nacidos en suelo francés incluyendo por supuesto las colonias; y del nacionalismo vasco, porque todo el mundo sabe que los vascos nacen donde les sale de los “potroiak”.
Ahora tengo un panfleto, no se me ocurre como llamarlo mejor, que dice quién soy y dónde vivo. Sin fotos, ni escudos y con un sello diminuto. Si vuelve a haber una manifestación anti-nazi y cortan otras vez las calles de mi barrio de nuevo, podré explicar a la policía del cordón que yo vivo aquí y que ni pretendo sumarme a la manifestación ni tirarles adoquines a la cabeza, sólo volver a casa.
Curioso.
Ahora no tengo que justificar mi estancia en Alemania como antes, y mientras mi pasaporte sea válido (2013), puedo vivir aquí. Para ser “residente” sólo tengo que estar registrado como cualquier otro ciudadano. Y ya está. Adiós al papelito verde. Adiós a toda la burrocracia.
Algo me llamó la atención: las puertas de los despachos NO tienen manillas… sólo se pueden abrir desde dentro. Una señora un tanto fría te atiende, filtra tu necesidad y te da un número y te manda a la sala de espera apropiada. Cada sala de espera da a dos puertas de despacho. Cuando llega tu turno suena una timbre, en un panel aparece tu número y el despacho al que tienes que entrar y se abre una de las dos puertas. Las puertas no tienen manillas… así que no puedes abrirlas tú, de hecho no pueden abrirse desde la sala de espera. Te atienden y sales por otra puerta que da a un pasillo común a todos los despachos. Y te sientes digerido y excretado por el sistema.
Antes me sentía “controlado” por el sistema, con una visa de residente que caducaba al finalizar mis estudios. Ahora, hasta que me reponga de la perdida de mi papelito verde y asuma la “libre residencia de facto” como ciudadano europeo, siento que no cuento, que da igual que esté aquí o que no.
Otra cosa llamó mi atención: junto a todas las trabas, la falta de información, las horas de espera y la cantidad de papeles que todo el mundo atesoraba como si fuesen salvavidas en las diferentes salas de espera, era fácil ver carteles en las paredes donde el estado alemán se ofrece a ayudar a la gente a regresar a tu país de origen…
Tu quieres entrar. Ellos quieren ayudarte a marcharte.
Los inmigrantes pobres no son bienvenidos en la Europa Unida.