Cansado

Post depresivo: absténganse personas sensibles al contagio depresivo por osmosis post-ica.

Estoy cansado de días grises.

No por los días en sí, sino por lo que implican: las fotos carecen de contraste y parecen todas iguales; y pierdo mis deseos de hacer algo que me gusta: fotografiar. La gente tiende a la introspección, convierte sus salidas a la calle en el camino más rápido para llegar a otro sitio, no pasea y no disfruta de los espacios abiertos; el carácter se vuelve serio y tu vida se encierra entre las paredes que te dan refugio, en espacios iluminados con auténtica luz día proporcionada por bombillas de última generación. Los días grises obligan a tomar vitamina D o ir al tostamemos para no caer en depresiones por su carencia. Los días grises propician pensamientos grises, y a la larga te vuelven gris.

La gente “con color” alimentada a base de nubes de lluvia tiene mucho mérito existencial. Pero escasea.

Estoy cansado de ir contra corriente.

Ir contra corriente te aísla. Todo el mundo fluye en una dirección y tú vas en otra. En realidad no vas a contracorriente, si fueras a contracorriente contarías con la simpatía (empatía) y la experiencia de encontrarte con gente que ya ha estado en un sitio al que tú ahora te diriges.
Corrijo: estoy cansado de moverme en direcciones hacía las que nadie en mi entorno físico se mueve.

Envidio un espacio místico como la Hogwarts School of Witchcraft and Wizardry. Un shambhala donde todo el mundo quiera aprender y ser mejor en su/s campo/s cada día de vida.
Y lo envidio porque tu vela brilla mejor en compañía, y además estás rodeado de luz.

Quizá lo que aprendas solo valga más porque ha requerido mucho esfuerzo. Pero ese mismo esfuerzo puedes dedicarlo a a mejorar después, y aprender más de y con otros. Es triste que la docena de personas con las que puedo discutir sobre mi proyecto vivan casi todas a un vuelo de distancia.

Estoy cansado de la gente mediocre.

No es una cuestión de elitismo intelectual. La mediocridad no tiene que ver con estudios. Estoy cansado de gente que no sabe qué hacer con su vida, como esos niños que reciben regalos que no les gustan por Navidad y nunca saben realmente qué hacer con ellos.
Personas que desean no tener nada que hacer para no tener que hacer algo. Seres negativos per se que te contagia su negatividad, que ven todo difícil y complicado, que no sueñan, que ponen pegas a la vida y que no se esfuerzan a menos que alguien les obligue.
Hablo de gente que prefiere quedarse en la cama a ver un amanecer porque les da pereza levantarse de la cama; que no cocinan cosas que les gustan porque prefieren conformarse con algo que no disfrutan pero que no requiere esfuerzos de preparación. La gente mediocre es conformista a la baja.

En definitiva, estoy agotado de la gente que vive según las leyes del mínimo esfuerzo vital. No hace falta tener estudios, sencillamente hay que amar la vida.

Estoy cansado de que me parasiten.

Nunca me había planteado esto demasiado en serio, creo que es mi entorno alemán (tampoco deseo ni puedo generalizar). En cuanto bajas la guardia alguien se hace con parte de tus recursos básicos, el más importante de los cuales es el tiempo, el segundo más importante es el dinero -que en realidad es una transubstanciación del primero-.
Me siento usado por el sencillo motivo de haber crecido en un entorno en el que el intercambio es más o menos generalizado: es una simbiosis en la que tu haces cosas y los demás hacen cosas, en la gente no te pide cosas que pueden hacer ellos y cuando te lo piden es porque lo necesitan de verdad.
Ahora resido en un sitio donde los recursos son más reducidos, la mentalidad mucho más individualista y la gente está acostumbrada a ser muchísimo menos autónoma, aunque parezca lo contrario.

Tu nicho vital tiene que ser parcelado y defendido, porque los demás tienden a invadirlo física y mentalmente. Tienes que usar llaves metafóricas -y reales- si no quieres que alguien se cuele en tu espacio sin estar invitado.

La falacia más común es la Falacia del Compartir: hacer uso de bienes comunes en cuya gestación, acumulación, reproducción o mantenimiento no se ha tomado o toma parte.
Compartir es que varias personas pongan elementos propios en uso común y todos disfruten de estos bienes comunales. Cuando alguien participa en este juego y los único que comparte son las intenciones de compartir, a eso se le llama Parasitar. Es la diferencia entre simbiosis y parasitismo. Compartir una cocina y todo lo que hay en ella cuando lo único que traes son tus ganas de comer… NO es compartir.

Las culturas con una base social individualista necesitan una legislación que propugne el bien social, generando normalmente una discriminación positiva que favorezca el socialismo. Pagar unos impuestos altísimos -como en Alemania- permite al estado (como parte del contrato social) asumir la responsabilidad de socializar riqueza.

Cuando alguien califica algo tuyo o compartido en un grupo como “nuestro” incluyéndose él o ella, está parasitando.
Y lo hace de una forma tal que la carga negativa social cae sobre tus hombros por no querer Compartir. Estoy HARTO de los niños bien (el perfil es siempre similar: niñ@ ricos acostumbrados a que alguien cubra sus necesidades y TODO esté a sus disposición personal) que merman tu riqueza vital, especialmente tu limitado y precioso tiempo.

La socialización primaria que generalmente se produce en casa, en el norte de Europa se completa viviendo en comunidades de estudiantes. El riesgo radica en que la gente llega a ellas sin formar a niveles básicos: son criaturas inmaduras que esperan que te comportes como su padre o madre, y se aprovechan de ti como si “fueses familia”.

Generalmente este uso social no es recíproco, y estas personas migran de nicho en nicho social como las plagas de langostas. Cuando el parasitismo es “leve” (dividido entre muchas personas que los mantienen) llegan a pasar desapercibidos. Son fáciles de reconocer porque no pueden hacer nada solos, y son los primeros que proponen que todo esté “compartido”.

Este “compartir” les permite el acceso a una fuente “inagotable” de recursos a la vez que les libera de toda responsabilidad. Es lo más cercano a vivir en casa de sus padres con éstos solucionando todos los problemas.

El perfil se evidencia con la convivencia, pero en los demás aspectos vitales persiste: la gente vive por encima de sus posibilidades vitales a base de parasitar a los demás (o al estado… éste es uno de los motivos de la GRAN CRISIS económica que sufre Alemania en estos momentos: pocos contribuyentes y demasiados parasitos y niños y adultos malcriados ).

Estoy cansado de ser “lento”.

Esto es un problema personal que tengo que superar. Su base es sencilla: cada vez que te mudas de ciudad/ país/ cultura, hay una construcción social e intelectual -una metafórica concha de caracol- que dejas atrás. Consistente en una colección de valores, conceptos, actitudes, aptitudes y esfuerzos desarrollados a la vez que de recursos invertidos, que dejas atrás en cada metamorfosis. Los subsecuentes estadios como crisálida aportan un crecimiento interno cuyos réditos físicos se pierden al cambiar de nicho ecológico. Maduras, pero en cada inicio estás desnudo: dejas atrás tu concha.

El problema principal es una parte de lo que somos proviene de nuestro ser social: somos quienes somos porque pertenecemos a un entramado social y cultural. Fuera de él y aislados, somos individuos: no conoces a nadie y no te conoce nadie. Generalmente el valor de la experiencia vital supera con creces el esfuerzo invertido. El problema es que empiezo a estar cansado de ser el “retarded” del grupo, la persona lenta a la que hay que explicarle los chistes o las palabras difíciles o coloquiales.

La sensación se entiende mejor si la denomino Efecto Berthold (en honor a uno de los criados del Baron Munchausen). Berthold camina siempre con unas bolas de hierro sujetas por grilletes a sus pies con el fin de entrenar sus piernas y ser muy rápido cuando se las quita. El problema del Efecto Berthold llega cuando comprendes que todo tu esfuerzo está dirigido a ser sencillamente igual de rápido que cualquier otra persona de tu entorno: en esfuerzo ENORME para sencillamente no estar en desventaja.

Mi esfuerzo diario sólo cobra sentido en base a la idea de que un día me marcharé de Alemania a un espacio donde mi “normalidad” suponga una ventaja. Donde pueda “correr”. Ese sentido, esa necesidad de marcharme para que todo cobre sentido te acaba destruyendo en cierta manera cuando te empiezas a preguntar ¿por qué?
La vida es efímera, pero cuando todo sucede en ambientes controlados y con fechas, esa sensación efímera se multiplica. ¿Por qué iniciar una relación con alguien que se marcha mañana, el mes que viene, el semestre que viene? Y si soy yo el que se va a marchar, ¿por qué construir un castillo para dejarlo atrás? Esta idea vive contigo: no acumules, un día te irás y ¿dónde vas a meter tu vida?
La sensación de ser “diferente” se ve agudizada por situaciones como la siguiente: Xan hace cola para pagar un libro-regalo, la señora que está delante paga su compra-regalo y ésta es envuelta cuidadosamente en pape especial con una cinta . Precioso. Al llegar el turno de Xan, paga, y su libro es metido en una bolsa de plástico… Xan dice “es un regalo”. La cajera lo mira como si algo muy asqueroso saliese de su nariz y mete un pliego de papel de regalo feísimo en la bolsa de plástico junto el libro mientras pide a la siguiente persona que pase por caja. Mi libro era más caro, envolver el paquete para regalo es un servicio ofrecido por esta tienda. La diferencia es que mi “derecho de sangre” para estar en esa tienda era percibido como inexistente por la dependienta de esa tienda.
Generalmente esto no sucede muy a menudo. Pero sucede. Entonces sientes el increíble peso de los grilletes que tú mismo te has puesto y que no te permiten decir exactamente lo que piensas en ese momento, sobre esa situación y sobre los ancestros directos de la hijadeputa que te acaba de atender.

El daño colateral del “Efecto Berthold”, es que te preguntes demasiado a menudo qué leñes haces en un país donde sencillamente “estar” te cuesta 20€ diarios más extras, pudiendo “estar” en otro(s) país(es) más soleado, con gentes millones de veces más amables y sociables haciendo cosas igual o más de absurdas con un coste diario muchísimo menor -o incluso recibiendo dinero a cambio-. “Rubias“, con el tiempo, deja de ser una respuesta satisfactoria.
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Sé que es la presión del momento, el clima horrible, todo lo que rodea a mi programa doctoral, la preparación para la petición de becas, y mis inminentes exámenes de alemán que quiero aprobar para poder pasar las mañanas de mi vida con gente realmente quiere aprender alemán y no sólo con alguien que tiene que justificarse ante otros (generalmente otro es un marido alemán cansado de que le miren como “importador de belleza hueca del Este”).

Necesito tener días de ocho horas académicas y el Resto del tiempo hacer otras Cosas. Desde que llegué a Alemania todo ha sido una contra reloj. En ningún momento puedes bajar la guardia porque vives en un entorno nuevo que siempre requiere Aprendizaje (al nivel más básico, del idioma). No puedes correr una contra reloj durante tres años.

Por prescripción facultativa necesito un trabajo sencillo, monótono y factualmente satisfactorio (que al hacerlo Bien te sientas Contento); rodeado de gente con la que tomar unas cervezas a la salida hablando de memeces; y los fines de semana salir de fiesta, pasar horas en el sofá viendo la tele y un día a la semana pedirle la mujer, los niños y el perro prestados a un vecino (uno con mujer atractiva, niños graciosos y perro grande que sepa traer pelotitas de vuelta) e irme de excursión al mar o la montaña. Si tuviese coche (um… ¿mismo vecino?) podría aprovechar ese momento para lavarlo y pasar el aspirador de mano por las alfombrillas.

Lo más triste de todo, es que si mañana brilla el sol me sentiré la persona más feliz del mundo. Odio que la luz solar organice mi producción hormonal. No es Justo.

Necesito una lámpara tostamemos de mesa.
Y gemelas japonesas, quizás no solucionen nada, pero ayudan a relativizar la importancia del resto.

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