Hacer Cosas

25 March, 2007 (00:47) | Personal | By Xan

Aprendí a bucear en Estoril, Portugal. Hace una vida de eso.

Era un enano raquítico que no sabía nadar, pero bajo el agua, todo era más sencillo. Bucear en aquellos tiempos significaba saltar al agua desde el rompe olas del puerto, junto con los niños portugueses, a recoger las monedas que nos tiraban los adultos, casi todos turistas nórdicos.
Cuando vi el inicio de “El Gran Azul” de Luc Besson, me sentí muy identificado.

Cozumel, México, es una isla preciosa donde pasé una de las temporadas más felices de mi vida. Allí buceamos seguidos por barracudas, y las luciérnagas nos rodeaban por las noches; y allí bajé a pulmón, siguiendo al “maestro Tortuga”, hasta tocar un cristo grabado en una losa de cemento a 18 metros bajo el mar. Bonitos recuerdos y una costilla rota.

En el resort de Alex y Gaby en Donggala, Sulawesi (Indonesia), sucedieron muchas cosas. Mi pasaporte se baño durante 45 minutos, y como resultado la tinta de los sellos, las visas, mis datos y mi foto… se mezclaron un poco. Casi no pude salir del país.
Si hubiese ocurrido tras el 11S, las cosas hubiesen sido mucho más desagradables que el ya de por sí duro interrogatorio con los servicios secretos locales en el aeropuerto y la frase memorable “sería mejor para todos que confesases quién eres, ahorrará tiempo”. En ese momento dos personas me intentaban “localizar” en los archivos del FBI.

La primera inmersión en Donggala nos llevó a 60 metros bajo el mar; el recuerdo de estar tumbado en el fondo viendo como mi aire, en burbujas, buscaba eternamente la superficie no tiene precio. Buceamos con tiburones de varios tipos y encontramos una tortuga marina enorme bajo un coral, que fue nuestro juguete propulsor al más puro estilo Cousteau.

Allí viví la experiencia mas fantástica hasta ahora, buceando en una pared de coral llena de vida. Fue la primera vez que vi caballitos de mar. El mismo día, un pez Enorme, más grande que yo, pasó a un metro de mí; y haciendo snorkeling una serpiente marina increíblemente rápida casi me mata de un ataque cardiaco. Casi todas las tardes paseabamos hasta el cabo más cercano para ver atardecer desde el mar, y casi todas las noches había una hoguera Enorme y una fiesta en la playa.

Éste es mi cuarto año sin vacaciones. Mi cuarto año encerrado en Europa, sin mar ni montañas que se precien. Estudiando sobre culturas que están a diez horas de vuelo y a muchos libros de distancia.

Cuando rechacé la beca para irme a vivir un año a Yogyakarta, Indonesia, sabía que alguna fría noche de invierno en Alemania, me arrepentiría al menos un poco de ello. Submarinismo, volcanes, montañas, los Dani y zonas inexploradas del mundo esperan a todos los que desean perderse por Indonesia.
Es un arrepentimiento ligero: la decisión fue la correcta y me alegro de que este año en Alemania esté sucediendo.
Pese a mis frecuentes crisis existenciales, soy muy Feliz.

Ahora mismo, estoy perdido en un océano de papeles preparando mis peticiones de beca. Intento venderme yo y mi proyecto. Intento convertirme en un Producto. Los últimos tres años los he pasado “construyendo” este producto, y ahora tengo que envolverlo con aplicaciones de colores y ponerle un lazo bonito.

A día de hoy tengo una cosa muy clara: si en Julio de este año no he obtenido una beca doctoral, dejaré Alemania el semestre siguiente, justo después de examinarme del nivel de alemán más alto al que pueda presentarme. Será el “trofeo” a los esfuerzos con el idioma local.

Es una decisión que llevo tiempo madurando. Sin beca, el Marzo que viene, no estaré aquí.

Lo veré como un fracaso personal: (1) como Producto; (y 2) como constructor de nichos vitales.

Por otro lado, estaré liberado. Hay un mundo ahí fuera, esperando.