Minimalismo
Llevo desde que empecé mi nuevo curso centrándome en “centrarme”, en volver minimalistas mi vida y entorno, en aplicar los principios de Ishikawa a mi día a día.
Estoy logrando, cada vez con más éxito, hacer sólo una cosa al mismo tiempo: Encadeno acciones en vez de hacerlo todo a la vez.
Con los idiomas, el modo multitarea no funciona. Necesitas repetir palabros hasta la náusea; y contextualizarlos para fijarlos en tu memoria a largo plazo; y usarlos a menudo para su volverte fluido; y no preguntarte demasiado a menudo para qué quieres otro idioma, y en caso de quererlo, porqué oh! dioses del acero, tenía que ser alemán.
Minimalismo…
- Quiero librarme de “cosas”. Desconozco qué va a ser de mí en el futuro a medio/largo plazo y es evidente que he acumulado demasiada basura existencial.
Lo peor son los libros.
El problema con los libros de antropología es que son muy freaks. Fue complicado conseguir algunos y dudo que si me deshago de ellos pueda volver a encontrarlos. Ediciones “joya” de Mauss o Lévi-Strauss, u obras de antropólogos-misioneros-lingüistas de principios de siglo que valen su peso en oro.
Los libros de alemán son mi mayor problema: según mi nivel mejora dejan de ser útiles, y siempre necesito más. Tengo un estante lleno con el material –ahora ya inservible- que cubre los niveles A1 a B2.
Necesito un día libre para organizarlos y ponerlos a la venta vía Amazon.de: ser capaz de recuperar parte de la inversión facilita que gaste dinero en libros en el futuro sin cargos de conciencia. Y es mucho mejor que tirarlos o perder tiempo buscando alguien interesado en “hacerte el favor” de quedarse con ellos.
La nueva norma es “entra una cosa en casa, salen dos”.
Necesito convertir mi entorno en un espacio libre de estorbos. Quiero ver estantes vacíos. Estoy pensando en convertir la “Habitación Azul” en la “Habitación Color Blanco Asertivo Llena de Lámparas Y Luz Y Vacía De Cosas Con Las Que Tropezarte”.
Siempre que hay exámenes a la vista me da por querer hacer montaña, rediseñar la casa o pintar las paredes. Absurdo a estas alturas.
- Intento aumentar mi productividad y eficacia. El tiempo vuelve a ser un lujo: tengo una cuenta atrás de cuatro meses, y muchas cosas por hacer.
La compra de la Franklin está ayudando mucho. Aunque perdí muchas horas decidiendo qué artilugio compraba y algunas más intentando “sacarle las tripas”, gracias a ella puedo enclaustrarme en la biblioteca de teología católica (maravilloso lugar d etres plantas lleno de libros, vacío de personas y con un agradable aroma mitad a papel nuevo mitad a desinfectante) y antes de regresar a casa mi plan de trabajo con el alemán -tareas del día incluidas- están completos. Así, el escaso tiempo restante me pertenece por completo.
- Intento superar mi adicción a Internet. Acepto pasar un par de horas al día leyendo medios, y otro par viendo documentales o películas (inglés o alemán), pero he “abandonado” la participación en foros de política y escepticismo, y me estoy “distanciando” de Facebook y demás redes sociales (y cualquier cosa que implique hacer test y enterarte de qué hacen tus amigos en función de la información colateral que regurgita alguna aplicación basada en el tráfico de tus datos personales).
Si logro desengancharme de Menéame, Pidzaus y algún otro “agujero negro” al que suelo sentirme atraído sin remisión, todo será perfecto.
La paranoia con el tiempo y su uso deriva de un “problema” objetivo: tengo mi vida increíblemente atada hasta junio/julio, y no sé qué voy a hacer después. Quiero decir, hay muchas opciones, pero todas dependen mayormente de los resultados de mi examen.
Evidentemente, llegados a este punto de apuesta y esfuerzo vital, sin mi título de alemán no me marcho de Alemania.
Parte de toda esta histeria se debe a la organización por objetivos de mi programa de alemán: cada tres o cuatro semanas tengo un final de módulo y exámenes.
Todo está organizado (esto es Alemania…) milimétricamente para que cuadren las fechas.
Si no adaptas tu vida y esquemas mentales al sistema, estás perdido: La maquinaria te aplasta.
Si no “encapsulas” cosas que te hagan feliz en tu calendario/plan vita, el tiempo volará y cuando te quieras dar cuenta volverá a ser invierno, los días durarán sólo ocho horas y habrá transcurrido otra “fase” de tu vida.
Hasta mayo tengo concertados cinco días en Praga, cuatro días en Berlín, un fin de semana en Hamburgo, otro en Ámsterdam, otro en Londres y espero pasar el May Day inmerso en una fiesta pagana rodeado de druidas, hippies, titiriteros, ninfómanas, antropólogos y demás aves de rapiña.
El día 20 de Junio, con mis resultados en la mano, me marcho de vacaciones: mi plan es perderme -literalmente-, en función de mi neurosis del momento, en una de estas tres opciones:
Białowieża, Polonia. El último gran bosque europeo; está al “lado de casa”; según van las cosas en Polonia no va a durar mucho.
Retezat, Rumania. Los Cárpatos; precios rumanos; desde que comparto clases de alemán con dos universitarias rumanas, mi interés por Rumanía ha “despertado” (además de –OMG- haber conocido a mis primeras “creacionistas” convencidas).
Trillemarke, Noruega. Fiordos, bosques nórdicos y días muy largos… Perfecto. Aunque dudo que mi economía se pueda permitir pagar los precios noruegos.
Si sigo en Alemania habrá una mudanza segura: Bien de ciudad -a una más grande- o bien de casa -a una No-compartida-.
Si tengo un ataque neurótico y decido marcharme pase lo que pase, me sobrará una habitación entera llena de cosas y media cocina. Mi afán minimalista se dirige a facilitar mi salida “en caliente” en caso de ser necesario.
Lo malo de tener la responsabilidad total sobre tu felicidad es que cuando la pifias las quejas sólo sirven para hacerte sentir más miserable.
La parte positiva es que el estrés no deja espacio para la melancolía.