De Cómo La Habitación Azul Terminó Volviéndose Blanca
La historia de “La Habitación Azul” es digna de una saga. Aunque sólo sea por el tiempo y el esfuerzo que ha supuesto.
Su “final-final” (en lo que a mí se refieren, nuevas personas viv-en/irán en Ella) llegó hace una semana en forma de tres capas de pintura blanca y una firma de cancelación de contrato.
Tres días, uno por capa, para retocar y dejar lista la habitación de forma que ella pudiese recuperar su “color original” y yo mi fianza.
La historia se inició hace casi exáctamente tres años cuando tras conocer a Bettina, la que se convertiría en “La Chica de la Habitación Naranja” y actual compañera de piso y a/desventuras, decidí mudarme a un tradicional “WG” alemán (= comunidad de estudiantes; desde un punto filosófico-existencial va más a allá de un mero “compartir piso”).
Cuando tras una breve estancia en Newcastle (UK) llegué por fin a mi nueva casa, en mi habitación faltaban los muebles, fotos, posters y demás parafernalia de la anterior inquilina.
Asaz normal: se lo llevó todo consigo a su nuevo destino vital.
El problema fue constatar que las “ausencias” abrían las puertas a un Horror vacue contaminado por (1) un patético intento de enmascarar una antigua puerta en una pared, (2) el sistema de tuberías de la calefacción central para la casa de tres plantas que se bifurcaba en mi habitación, (3) los cables de las nuevas instalaciones de teléfono, electricidad y televisión hechas “sobre pared” y (4) varios agujeros que comunicaban misteriosamente mi habitación con la de La Chica de la Habitación Naranja de forma que podíamos conversar como si no hubiese pared. Resumiendo: la primera impresión fue de lo más lúgubre (antro).
También faltaban dos de los metros cuadrados originalmente prometidos y sobraban agujeros, mugre y nicotina en las paredes. Es increíble lo que se puede tapar con telas, fotos, posters y unos pocos muebles estratégicamente colocados.
El contrato verbal decía -según los antiguos inquilinos- que los nuevos inquilinos renovaban la casa al entrar y la dejan como estuviese (dentro de unos límites) al salir. La inversión de tiempo, energía y capital se hacía sólo una vez.
Esto explicaba el desastre que me dejaba la anterior inquilina y dejaba las venas artísticas bien abiertas, derramando arte a raudales, para buscar soluciones que no implicasen un sencillo derribo.
El encanto del resto de la casa, el entusiasmo de un nuevo inicio, varias visitas en ciernes y un “deadline” para entregar los ensayos de fin de semestre hicieron que me concentrase en “vivir el momento” y me olvidase de paredes amarillas y metros cuadrados inexistentes. La nueva casa, nuevas expectativas (era mi último año de máster) y mis nuevos compañeros de piso equilibraban la balanza.
Pinté azul.
Pinté azul las paredes, azul los tubos, azul los cables y azul la chapucera obra que pretendía ocultar una vieja puerta. Pinté azul, entre otras razones, para “absorber” obras, cables y tubos. Pinté azul porque me encanta el azul. Azul obscuro.
Amueblé sucintamente y me dedique a disfrutar de mis visitas, mis nuevos compañeros de piso/mejores amigos y la nueva casa.
El tiempo pasó.
Con el tiempo descubrí que el “Místico Contrato en Papel” firmado por los “Sagrados Estudiantes Fundadores” y presuntamente atesorado y pasado de mano en mano por los “Elders” de la casa, no era más que una fábula.
No teníamos contrato.
Durante al menos diez años el piso había pasado de estudiantes a estudiantes y el contrato original se había perdido en el proceso.
Los actuales dueños de la casa -residentes en un enorme loft en el bajo del edificio- habían comprado el edificio completo -tres plantas- incluyendo dos WGs ya alquilados y habitados. Tampoco tenían copia del contrato… y en cualquier caso, al no aparecer nosotros ni nuestras firmas, no hubiese servido para nasa.
Tras un cortocircuito fortuito que casi nos cuesta la casa, amén de varios problemas “internos”, decidimos dilucidar nuestra situación legal y firmar un contrato comunal a cinco bandas: dueños por un lado y los habitantes de la casa de forma individual por otro.
Las consecuencias de esta decisión han sido dispares.
Por un lado el contrato verbal inicial que regulaba cómo se entraba y salía de la casa (en lo que a renovación y mantenimiento del inmueble se refiere) quedó invalidado, lo que me ha obligado a dejar La Habitación Azul prístinamente blanca (aunque desde un punto de vista psicológico ha sido un proceso bastante terapeútico, una especie de catarsis liberalizadora).
La situación en general ha sido de lo más injusta: Tuve que renovar al mudarme y he tenido que renovar al marcharme (o en su defecto haber tenido que pagar a una agencia para que lo hiciesen por mí).
La incompetencia de los dueños nos ha llevado además a una situación absurda en la que la mitad de “la parte contratante” ya se había marchado de vacaciones a Tailandia tras abandonar el piso. Más trabajo y responsabilidades para los demás.
He/mos tenido que limpiar, por contrato, el sumatorio de grasa y mugre de más de diez años de inquilinos/estudiantes. Si alguien ha vivido en un piso de estudiantes y, por ejemplo, ha tenido que desmontar una cocina sabrá de lo que hablo: Centímetros de grasaza tras los electrodomésticos mal instalados rodeados de juntas sin sellar. Los WG’s o comunidades de estudiantes son como una patata caliente que calcina las manos del último residente.
Por otro lado, y esto es lo “gracioso” de la historia, el nuevo contrato quedó vinculado al número de cuenta primigenio en el que se guardó el dinero de la fianza original de la casa (había dos Alemanias por aquél entonces y el ingreso estaba hecho en marcos).
Al cancelar nuestro contrato, logicamente, esa cuenta tuvo que ser finiquitada… y con ella los intereses generados, que por ley/contrato, pertenecen a los inquilinos. Esto es, a mí/nosotros. Intereses acumulados a lo largo de más de diez años.
Intereses que con todos estos años, alguna oferta bancaria especial para estudiantes y el cambio de moneda, se han “multiplicado” cual panes y peces.
Hemos hecho “negocio” dejando la casa.
Negocio en muchos aspectos: Hemos ganado -relativamente- bastante dinero con los intereses y dado que por contrato había que dejar la casa vacía (es increíble lo que había llegado a acumularse), nos hemos llevado todos lo que había sido comprados “para la comunidad” o habían sido “regalado a la casa” al abandonarla por algún miembro del sumatorio de Inquilinos Pasados.
Muchas cosas han terminado en la casa nueva, el resto fue donado a otros WGs (o acabó en la basura).
Y lo más importante: Nos hemos ido de Esa Casa.
Nos hemos ido de los conciertos desquiciantes de los martes en el pub de la esquina, de los vecinos psicópatas con música latina a todo trapo, del vecino guitarrista con banda de rock que sólo sabía tocar/cantar una canción, de las obras interminables en la calle, de los ladrones de bicicletas y de un largo etcétera de cosas -y de personas- que incorporaban a nuestras vidas un elemento mundanal y mezquino que estaba intoxicándolas.
La Habitación Azul se tornó blanca tras tres capas de pintura y con ella terminó la Era “WG”.
Los recuerdos y anécdotas, muchos buenos, muchísimos absurdos y algunos malos, seguirán ahí, vinculados a la casa.
Todo tiene un inicio y un fin.
Ahora vivo en un barrio residencial rodeado de (1) gente bien a la que apenas veo nunca, (2) jardines privados y (3) ardillas rojas que han aprendido a buscar comida en los containers de basura. Desayuno y/o ceno -cuando el clima lo permite- en un balcón con vistas al atardecer y a la Osa Mayor que es igual de grande que mi vieja habitación azul.
Tengo un contrato blindado de muchas páginas que especifica aspectos tan increíblemente absurdos de nuestro alquiler como el horario pertinente para el uso de maquinaria industrial en casa (horario pertinente para usar el nuevo futbolín que hay en mi cuarto).
Tras un mes viviendo en la nueva casa todo está casi listo. Sigo sin teléfono ni Internet (a finales de mes, tras ocho semanas de espera, vendrá el “técnico”), pero apenas quedan cajas de la mudanza que vaciar.
Es un inicio.