El mayor robo de la historia

3 October, 2008 (22:23) | Xanfarin.com | By Xan

Como tenía que ser, el plan para salvar a los U.S. del ragnarök económico en el que ellos mismos se han metido ha sido aprobado. Curiosamente gracias al apoyo “patriótico” de la oposición al gobierno.

La aprobación del “plan” era, antes o después, de esperar: El neoliberalismo se basa en la individualización de los beneficios y la socialización de las pérdidas. Muchos individuos se han hecho de oro en los últimos años, así que la sociedad tiene correr con la “cuenta” de los daños colaterales [que tomen nota los que privatizan educación, salud etc... la teoría económica que sustenta tanta insensatez es la misma].

Objetivo principal del plan: Comprar deudas contaminadas de los bancos y las firmas de intermediación afectados, con la convicción de que eliminar el lastre (=regalar dinero público a quién ha hundido los mercados) ayudará a las entidades a volver a tener capacidad para prestar y atraer capitales.

Duración: Dos años para la compra de activos [antes tendrán que "tasar" la basura].

Coste inicial: unos 850.000 millones de dólares en pagos desglosados según necesidad y en teoría con control del Congreso; desgravaciones fiscales incluídas; sobornos a los congresistas opositores al plan a parte [la llamada "Crisis del Ahorro" del 89 se inició con un coste de 50.000 de dólares y terminó costando más de 300.000 millones de dólares...].

La pregunta es: El plan presentado por George W. Bush, denominado ya por muchos como “el mayor robo de la historia”,  ¿sirve para algo?

Las respuestas es .

Esos 850.000 millones de dólares aparentemente tirados a la basura son en realidad un sacrificio pagano a Los Dioses de la Economía.

Miles de sociedades no-industriales a lo largo y ancho del mundo, desde la Amazonia a Papúa Nueva Guinea, hacen lo mismo: Sacrificios que tienen como fin restablecer o asegurar el equilibrio socio-cosmológico del mundo (“su” mundo).

Los sacrificios suelen consistir en la destrucción de bienes (cuanto más valiosos mejor) con el fin -esperanza- de que “todo” mejore o cuanto menos siga igual. Es un tipo de contrato social entre “lo humano” (hombres y mujeres miembros de una sociedad) y “lo sobrenatural” (desde ancestros a dioses pasando por una amplia parafernalia de entidades/ fuerzas más o menos místicas relacionadas con esa sociedad).

La economía moderna, pese a nuestro avanzado uso de la tecnología, sigue basándose en la confianza y en la fe.

1. Confianza en el estado como “ente” protector y valedor del contrato social.

2. Fe en que mañana saldrá el sol y el dinero (esos trozos de papel o plástico) que tenemos en la cartera/banco/colchón siga teniendo “valor”.

Lo que han hecho en los U.S. es un sacrificio masivo de bienes (millones de dólares) a “los dioses de las economía” que asegura al pueblo llano que mañana saldrá el sol y que el dinero seguirá “valiendo”. Han comprado fe. Han comprado un saco de milagros.

Como cualquier aborigen animista sabe, una vez entregado el regalo-sacrificio da igual lo que la divinidad haga con él. Lo que importa es “dar” y poner a quien recibe en deuda contigo: Los espiritus, ancestros o dioses pertinentes estarán obligados a cumplir tus deseos si llevas a cabo el ritual adecuado y ofreces el sacrificio-regalo oportuno.

En el fondo da igual lo que se haga con todos esos dólares: Lo que importa es que hay un plan y que el dinero se ha sacrificado. Ahora toca esperar el resultado. El milagro.
La fe permitirá a la gente dormir tranquila (aunque el rencor hacía los culpables les provoque úlceras de estómago), dejar su dinero en los bancos (un dinero que los bancos tienen invertido y por lo tanto no podían devolver instantáneamente a todo el mundo) y seguir trabajando (los que tengan trabajo, la tasa de paro de septiembre en los U.S. ha sido récord: 6,1% de parados) y consumiendo felizmente (los que tengan ahorros o sean tan estúpidos como para comprar a crédito en mitad de una crisis…).

Esa fe permitirá a la gente seguir con los ojos cerrados viviendo sus vidas sin cuestionarse arcanos conceptos económicos como “recesión” y “ciclo económico” o la delgada línea roja que separa “corrección económica” de “depresión”.

Mantener “fuerte” esa fe asegura el punto dos: La confianza en el estado y en el contrato social. Cuando la fe es fuerte, no hay espacio para las dudas.

El “valor” del sacrificio, esa increíble cantidad de millones de dólares que los contribuyentes “donan” a quien los ha estafado vilmente durante años, es nimio si se considera lo que “compra” o lo que pretende comprar (los milagros de hoy ya no son como los de antes): La paz interior de un país.

La función de estos sacrificios en las sociedades no-industriales es catárquica: Sirven para diferenciar el “quienes somos” del “quienes no somos”; para unir lazos y reforzar el entramado social; para reafirmar el contratos socio-cosmológico que permite a los pueblos ser y existir en equilibrio con el mundo, el universo y todo lo demás; para marcar un hito en el camino desde el que seguir avanzando. Son un ritual creador, una inversión vital.

Los 850.000 millones de dólares que George W. Bush ha pedido al Congreso de los U.S. son un gran sacrificio que sin embargo carece de esa función catárquica (creadora y vital). Suponen más bien un esfuerzo vacío. Se podría decir incluso fariseo.

Hay demasiadas coincidencias entre su pago y el pago que hacían los antiguos patricios romanos a las brigadas anti-incendios de Marco Licinio Craso, como para que su función sea tan profunda y tan espiritual como debiera ser. De hecho, se le llama robo por algo.

Las Bolsas del Mundo, esos modernos augures de las fuerzas ocultas de la economía, decidirán si el aroma del humo de los dólares ofrecidos en público altar place o no place a los dioses. En el peor de los casos habrá que sacrificar más dinero; cuando se paga “a escote” los dirigentes son simpre generosos.

Lo que importa es que “el pueblo”, esa encantadora masa acefálica qe nunca aprende de sus errores,  recupere la fe y mantenga la confianza en su país y gobierno. En el sistema.
Que trabajen como si nunca fuesen a morir y consuman como si realmente lo necesitasen. Con la calma volverán los créditos sin aval y con ellos los beneficios absurdos.

Encuentro fascinante que viviendo en este “mundo digital” aún haya que lanzar al aire puñados de arroz o de sal (de dólares en este caso) y sacrificar algunas vírgenes (es un decir) para acallar nuestro miedo a la incertidumbre o a la oscuridad.

Los sacrificios, en las sociedades no-industriales, generalmente conllevan una o varias lecciones existenciales. Me pregunto qué se aprenderá dilapidando 850.000 millones de dólares.

En fin, todo sea por restablecer el orden socio-cosmológico del universo y que mi banco me conceda una mejora en los plazos de mi hipoteca…