¿Qué hay hoy para cenar?
“¿Qúe hay hoy para cenar?” es oficialmente la pregunta más odiada por las mujeres alemanas. La frase -dicha por un hombre- más odiada es “Yo no puedo hacerlo todo”.
Lo dice la revista “Bella” tras preguntar a más de mil mujeres de todo el país [la verdad, una muestra poco representativa en una país de 80M de habitantes].
Aunque preguntas y respuestas entran en la dinámica “Cuestionario estúpido de revista de peluquería con el fin de reafirmar/perpeturar la diferencia de roles entre sexos”, no son por ello menos interesantes.
Bella saca “a la luz” una verdad a medias: Los conocimientos culinarios de la mayoría de los hombres alemanes de mediana edad apenas pasan de la capacidad de pagar la cuenta en la cantina de su trabajo.
Un alemán medio desayuna poco y mal, come en el trabajo “comida de cantina” poco equilibrada, muy salada y rica en glutamato monosódico (o algo similar) porque vive en una urbanización de las afueras y el horario de trabajo es “intensivo” (sin pausa al mediodía) y cena tradicionalmente -a eso de las 18h.- pan o pan con queso (algo rápido y frugal).
Un viejo dicho alemán dice “Siete cervezas hacen una cena”. En el mejor de los casos una pizza congelada pasada por el microonadas/ horno suple las carencias del día.
Los niños comen en el colegio y los mayores de 18 años se marchan de casa en cuanto pueden. Así que las capacidades culinarias de las madres y esposas alemanas son puestas a prueba (es un decir) generalmente en cenas familiares, fines de semana y festivos.
Apenas hay hombres que sepan cocinar, e incluso éstos se reservan sus capacidades para las ocasiones especiales (comidas sociales) dejando la rutina diaria a las mujeres.
La cultura gastronómica no es importante en Alemania. Su cocina tradicional ha sido sustituída por “fast food” importada de los U.S.A. o cómida rápida(-basura) turca o china.
El resultado es un país de obesos (35% de la población) mal alimentados. Un mal endémico de los países modernos e industrializados que en Europa intenta “solucionar” el Proyecto Diógenes.
El caso alemán es especialmente grave: Incluso sus soldados son gordos.
Las futuras generaciones (menores de 20 años) muestran un horizonte “esperanzador”: Dado que la comida que les rodea es geralmente comida rápida(-basura) y carecen de las mínimas capacidades (interés) culinarias, se limitan a comer lo suficiente para sobrevivir.
En pocos años veremos una clara reducción en el porcentaje de gordos: Anoréxicos y bulímicos
están tomando el relevo generacional.
Estar muy delgado tiene sus ventajas: Ahorras dinero en comida y tiempo en cocinar, eliminas los problemas de disonancia cognoscitiva cada vez que te miras en el espejo, y no tienes que seguir estúpidas dietas o hacer deporte.
¡Viva la talla 38! El futuro son enfermizos esqueletos andantes con pánico escénico a parecer gordos.
La encuesta de Bella muestra, asímismo, que la vieja fórmula tradicionalista de los años sesenta “Cocina-Niños-Iglesia” (“KKK”= Kinder, Küche, Kirche) ha variado en la actualidad sólo en el último punto. Las mujeres siguen en su rol de “cocineras” y de madres.
El salto generacional (jóvenes de 20-30 años) muestra una variación en el patrón: Hay una noticia buena y una mala.
La buena es que los menores de 30 años son diferentes y apenas hay diferencias de género en el aspecto “cocina”. La mala es que generalmente ninguno sabe cocinar más allá de latas de conserva, congelados y soluciones precocinadas.
Como nota: La mayoría de mis compañeros de piso anteriores se alimentaban básicamente de té o café por las mañanas, cantina universitaria al mediodía y “pan con algo” o pizza para cenar. En su defecto una(s) cerveza acompañada(s) de snacks salados.
La respuesta más odiada por las mujeres, esa afirmación grandilocuente de “Yo no puedo hacerlo todo” sólo demuestra la incapacidad de muchos hombres para percibir la labor realizada por sus parejas -amén de su incapacidad para aumentar su flujo de trabajo.
El reparto de roles en las casas alemanas viene definido por las propias casas: Casas unifamiliares con garage y jardín propio cuyo mantenimiento exige mucho tiempo y dedicación.
El hombre suele ocuparse del “exterior”, esto es, mantenimiento y mejora de la casa, jardín,
garage, coche etc.: El llamado “trabajo pesado”. Mientras que las mujeres se dedican al “interior”, un sinónimo para la logística: compras, cocina, limpieza, decoración, niños, pago de facturas etc., esto es, “trabajo suave”. Los roles suelen estar claramente diferenciados y nadie osa/desea meterse en espacios vitales ajenos.
Como siempre, el “trabajo suave” más diario y rutinario se percibe o valora menos que, por ejemplo, la instalación puntual de un tejado nuevo o la reparación de la puerta del garage. Nada nuevo bajo el sol.
Lo más curioso de todo es que la “infelicidad contextual” mostrada por todas las mujeres preguntadas por Bella podría mitigarse -o incluso desaparecer- (según ellas mismas) con una sencilla solución: Valoraciones positivas por parte de sus hombres (= reconocimiento y algunas “palmaditas en la espalda”).
Un sencillo “Cariño, (hoy) estás fantástica (como siempre) [los añadidos entre paréntesis dependen del nivel de suceptibilidad de la pareja; usar con precaución]” o un “¡Delicioso!” sobre la cena (pre)cocinada (en vez de sencillamente llevarla al salón para ver el partido de fútbol del momento) serían -aparentemente- suficientes para aumentar los niveles de autosatisfacción y autorealización de muchas mujeres alemanas.
Muchos hombres, por el contrario, verían aumentados sus niveles de felicidad/ satisfacción si
pudiesen sencillamente llevarse la “cena” (cervezas y snacks salados) al salón para ver tranquilamente -a solas- el partido de fútbol del momento.
El futuro que viene de la mano de las nuevas generaciones es en este caso también ambivalente: Mientras que el reparto de roles sociales parece más elástico, empezar a vivir con la pareja empieza a convertirse en un ritual traumático en el que sobrevivir a las manías, filias y fobias individuales ha robado todo el protagonismo a la problemática sexista.
Los WG’s o “Comunidades de estudiantes” están en clara decadencia por la incapacidad de los jóvenes para vivir juntos: Vivir en el llamado “Hotel Mama” o en un apartamento para una persona son actualmente las opciones preferidas.
Y todo esto en Alemania, un país relativamente civilizado.
