Todo lo que tiene un inicio tiene un final

8 January, 2009 (14:48) | Xanfarin.com | By Xan

Hoy han terminado mis clases de alemán.

He estudiado alemán durante -algo más de- un año rodeado de inmigrantes de todos los continentes.

Inmigrantes.

Nada del rollo Erasmus ["Orgasmus"] en el que un montón de niños bien venidos de países ricos hacen fiestas temáticas en las que la bebida se sirve en barreños y se intercambian fluídos corporales marcando en el proceso victorias  sexuales con banderitas en un mapa de la UE mientras se intenta sumar los créditos suficientes para simular que académicamente estas vacaciones anuales parcialmente subvencionadas han servido de algo. Sé de lo que hablo, yo he sido Erasmus.

Decía que he vivido un año rodeado de inmigrantes. De gente que ha luchado muy duro para aprender un idioma en un país en el que ser extranjero no es fácil (a no ser que seas neozelandés, una de las banderitas más difíciles de conseguir) mientras eran explotados (no todos) en trabajos que ni siquiera los estudiantes aceptan.

Cada persona es una historia.

Intensivo de alemán por las mañanas y camarera a 3€ la hora por las tardes con la “promesa” de cobrar 6€ cuando tu alemán mejore.

Intensivo de alemán por las mañanas y operario de gasolinera en “periodo de formación” por las noches trabajando a cambio de un futuro contrato mientras cobras sólo las propinas.

“Chicas catálogo” [importadas vía web de contactos] de algún país del antiguo “Telón de Acero” casadas con alemanes hartas de ser ciudadanas de segunda por no saber el idioma local o de que sus hijos pequeños, alemanes de primera generación, las corrijan al hablar. O de ambas cosas.

Refugiados con título académico que han tenido que empezar desde cero en un país extraño donde los aceptan y toleran pero generalmente no son bienvenidos.

Emprendedores que querían sublimar su “sueño alemán” sin llegar a comprender -aún- que la sociedad del bienestar que los impulsó a venir con sus cantos de sirena murió hace tiempo y que lo que queda se ha convertido en una especie de jungla donde el mejor adaptado se lo queda todo y los demás pagan en cómodos plazos sus sucedáneos de felicidad.

Y los creacionistas… No podré olvidarme nunca de las discusiones absurdas con personas que creen que el mundo fue creado por SU dios hace 6.000 años y que los dinosaurios, como no cabían en el arca de Noé, se ahogaron durante el diluvio universal. Sarpullidos me han llegado a salir de escuchar sus magufadas.

Historias felices, historias tristes.

La mia es una más. Una que temina hoy. Que ya ha terminado.

La semana que viene vuelvo a mi pretendidamente elitista invernadero académico donde ser extranjero mola y hacer un doctorado mola aún más.

Dejaré de ser un inmigrante que estudia alemán para retomar mi rol de ‘investigador europeo’ (todos los gatos son pardos…) que trabaja en inglés y que además ahora puede comunicarse con los nativos en su propio idioma -un valor añadido apreciado en casi cualquier cultura excepto la francesa.

No puedo quitarme cierto sabor agridulce.

Mi resultado mediocre en los exámenes tras un año de trabajo no ayuda.
El “final de ciclo”, de esa rutina alienante y adictiva que ha supuesto este año, implica un tiempo de transición para “desengancharme”. Salir de la trampa mental: estudiar-metología-examen.

Sufro una pequeña crisis de valores e intereses generada por la exposición continuada a personas con vidas complicadas y problemas reales.

Y en parte estoy triste por toda la gente efímera que sólo permanecerá en mi vida vía Facebook o studiVZ. Al menos, gracias a la redes sociales ahora estarán “ahí”: a tiro de “poke”.

No sé cuantos suspendieron el examen escrito o suspenderán el oral de hoy. Sé que la gente que me importa ha aprobado.

También sé que en mi clase hay varios suspensos. Algunos lo han hecho a propósito para repetir curso y tener clases en la universidad otro semestre (un “lujo” que supera a cualquier oferta privada de formación). Otros no lo han podido evitar y tendrán que buscarse la vida -y la visa- al margen de la universidad.

Hoy soy una cifra: un agridulce 80%.
Mi examen oral a bajado casi un 1% mi nota media. Lo miro de forma positiva: Sólo ha sido un 1%. Podría haber sido peor viendo el bajón general que ha dado mi alemán tras estas Navidades.

Mañana tenemos fiesta de despedida, entrega de diplomas, fotos de grupo, promesas de llamar y escribir que nunca se cumplen y despedidas más o menos emotivas.

Ahora mismo lo único que me apetece es vagabundear por los bosques nevados, los lagos helados (mientras la capa de hielo lo permita), disfrutar del sol, de los -10º, de la ausencia de personas en las calles, de mi melancolía y de mi 80%.

Se acabó.