Pacifistas: Sí; No; Todo lo contrario

6 April, 2009 (08:12) | Xanfarin.com | By Xan

Hotel Ibis de Estrasburgo, oficina de turismo, servicios varios de uso común en la frontera franco-germana (desde contenedores para reciclaje a cabinas telefónicas), coches etc. etc. Todo ha ardido. Quemado.

Estrasburgo es una de mis ciudades favoritas, es preciosa y su gente encantadora. No se merecía esto.

Spiegel Online: Photo Gallery: Strasbourg Is Burning

Las marchas pacíficas contra la reunión de la OTAN y las decisiones que se tomaban estos días han desembocado en un escenario de guerrilla urbana con varios cientos de detenidos (mayormente alemanes, franceses e italianos), bastantes heridos y daños materiales millonarios.

¿Ayuda en algo quemar una oficina de turismo? ¿Y un contenedor de papel?

¿Favorece la defensa de las propias ideas quemar un hotel y destruir con él un montón de esfuerzo, puestos de trabajo y bienes personales de trabajadores y clientes?

¿Puede una persona usar la violencia como medio en su lucha contra la violencia?

No; No; No; Evidentemente Sí.

En el hotel Ibis se alojaban los periodistas acreditados para la cumbre. El centro de Estrasburgo, protegido 10.000 policias se convirtió en una fortaleza inexpugnable. La periferia, imposible de controlar y habitada por gente no tan “importante”, fue el campo de batalla.

Los platos rotos -y lo que no son platos- los están pagando o van a pagar los ciudadanos de Estrasburgo. Muchos se marcharon de la ciudad para evitar los absurdos controles policiales y la esperada violencia de algunos “pacifistas”. A la vuelta se han encontrado una ciudad vandalizada.

Me gustaría decir que no lo entiendo, pero lo hago. Y no me gusta.

Lo vivo en Alemania cuando se reunen 100 descerebrados neo-nazis (reunión legal, las ilegales acaban directamente en prisión; con el nazismo en Alemania no se bromea) y en protesta 3.000 anti-nazis arrasan un barrio -mi barrio hace unos años- mientras la policia, entre náuseas, tiene que proteger a los primeros de los segundos a la par que intenta que los daños colaterales no sean demasiado elevados.

Lo viví en la Comarca durante toda mi adolescencia -y aún después- cuando cada fin de semana en el Casco Viejo alguien escondido entre la multitud lanzaba una botella a una furgoneta de la policia y tú te encontrabas con un pasillo de porras a la salida de tu bar favorito.  El lunes siguiente, en el instituto, el de la botella lucía medallas imaginarias y un “chupetón” en el cuello, regalo de una “churri” orgullosa, y tú un arco iris de moratones que durarían al menos una semana.

La letra cambia con el país, con los años o con el color de la protesta: Globalización, Nacionalismo, G20, OTAN, Anti-nazis, Anti-fascismo, Anti-Bolonia.

La música es la misma: el ruído de las cosas al romperse o crepitar por las llamas, de los botes de humo al ser lanzados, de la gente gritando, de la gente llorando, el sonido de las porras al caer en blando y al caer en duro.

La única manera de detener la escalada de violencia es dejar de ejercerla. Es un círculo vicioso que se retroalimenta sin fin: el único control que realmente tenemos es el control de la propia violencia, el resto está en las manos -puños/porras- de los demás.

Aunque a muchos se les llene la boca de palabros como derechos, libertad, paz etc. etc., en Europa, en pleno siglo XXI, ninguna idea, ningún mensaje, necesita de la violencia para ser expresado ni para ser defendido.

Repito: la violencia, hoy en día, no está justificada en NINGÚN caso. Ni contra el G20, ni contra la OTAN, ni contra/pro el nacionalismo de turno. Nunca.

Quien diga lo contrario miente, justifica su propia violencia, muestra su incapacidad para encontrar soluciones pacíficas o es un demagogo.

No es necesario quemar un hotel, ni ocupar un banco, ni enfrentarse a las fuerzas especiales para manifestar ideas o posiciones ideológicas. No hace falta destruir cosas o conculcar los derechos de los demas defender nuestra postura social o política o para demostrarlas en público.

Lo que ha sucedido en Estrasburgo, sucedió hace unos días en Londres y pasará en cualquier otra ciudad Europea en los próximos días, semanas o meses. Sucede porque parte de la gente que participa en el evento lo busca. Sucede porque parte de la gente que participa es manipulada. Sucede porque parte del resto calla.

En Alemania, y supongo que lo mismo ha pasado en Francia y en Italia, mucha gente se estaba preparando desde hace semanas para esta “batalla”.
Se trata de una violencia deseada, organizada, encubada y mimada hasta la náusea. No es “casual” ni la respuesta a la violencia policial previa.

Hay muchos motivos para ella:

Empezando por la sencilla anulación de la culpa ante la acción conjunta, la satisfacción instantánea de la acción concreta, la emoción de la “batalla”, la descarga de adrenalina del cazador, la camaradería de “guerrilla”, la sensación de pertenencia a un grupo, el fetichismo de las máscaras, el descontrol nihillista y destructivo, sencilla y pura ira desatada, crisis existenciales canalizadas en forma de proselitismo y violencia…

Por unos minutos, horas, días, individuos normales y corrientes (anodinos niños bien de aburrido barrio residencial) se convierten en justicieros legitimados por luchas sociales o políticas. ¿Quién no considera el fascismo o la guerra como algo malo?

Quien prueba el cóctel de hormonas se vuelve adicto y peregrina  de protesta en protesta, de batalla en batalla.

Repiten las mentiras como mantras: ¡Luchamos por Epsilon!  Donde epsilon es su excusa puntual/contextual  para poder luchar. Crean un mundo sencillo en blanco y negro que facilita las decisiones a tomar: No hace falta pensar, basta con actuar. Anarquía adolescente sin consecuencias ni mañana.

Porque al fin y al cabo lo que importa es la lucha. La adrenalina. El resto… el resto es sólo parte del atrezzo. Un motivo para diseñar camisetas, una consigna que gritar en grupo.
Las protestas políticas y sociales se llenan de modernos mercenarios sin patrón que dejan que el mapa de las cumbres políticas y el calendario de las vacaciones escolares marquen su ruta.

Si algo han demostrado Londres y Estrasburgo esta semana es que las ideas se pueden manifestar sin violencia. El 97% de la gente lo hace así.

El 3% restante quema hoteles y oficinas de turismo, ocupa bancos y se enfrenta a quién ose enfrentárseles; en definitiva buscan imponer sus ideas a los demás por el uso de la fuerza; monopolizando en el proceso las portadas de los periódicos y, en el fondo, las propias protestas.

Ese 3%, entre otras muchas cosas, destruye  gran parte de la labor del 97%. Son meros parásitos.

Parásitos egoistas que fagocitan los ideales de otros y regurgitan destrucción y una arrogante ignorancia edulcorada con falaces buenas intenciones.

Hoy veré en el pecho de algunos compañeros y compañeras de facultad sus medallas imaginarias. Escucharé sus batallitas en su excursión a Estrasburgo (a unas horas de tren). Veré las fotos y vídeos que han sacado con sus móviles de última generación. Mostraré mi asombro y admiración antes sus heridas de guerra. Todos sabremos que nada de esto tenía que ver con la OTAN y con las decisiones que se iban a tomar estos días, en las próximas vacaciones habrá otra ciudad, otras decisiones: Ellos estarán allí para seguir “luchando”.

Mi día a día y su día a día, y todo los demás días, transcurrirán con total normalidad. Hasta la próxima cruzada.

Para entonces, en Estrasburgo, las llamas de un hotel y una oficina de turismo, y todos los destrozos, serán un mal recuerdo.

Es mucho más fácil destruir que crear, y si algo caracteriza a todos estos memos enmascarados, es que el esfuerzo, el trabajo y los objetivos a largo plazo no va con ellos.

Niños y niñas perdidos