Bichos, bichos, bichos
Resido en un sitio precioso rodeado de palmeras, bambú, plantas con flores enormes y frutales místicos que ofrecen los mangos más deliciosos que haya probado nunca. Selva dosmesticada con forma de jardín podado con tijeras.
La naturaleza es hiperactiva en este clima. Y los bichos de todo número de patas alcanzan a menudo el rango de plaga.
Durante las 24 horas del día una cacofonia de sonidos (cigarras, grillos, etc. mezclados con docenas gallos sin reloj, perros psicópatas, pájaros locos y motos) se encargan de crear la banda sonora.
El amanecer se anuncia a través de las gargantas de los gallos histéricos y las Mater familiae (el gargajo mañanero es un clásico del Sudeste Asiático). Es una mera ’subida de tono’, un marcador horario: mi ‘alarma-despertador’. En mi vida en Laos nunca hay silencio: incluso encerrado entre paredes los ventiladores -o el aire acondicionado- se encargan de llenar los vacíos existenciales.
Una naturaleza tan intensa hace que haya ‘bichos’ por todas partes. Todo el tiempo.
Los más molestos para mí son:
- Los mosquitos: presentan batalla diaria, especialmente en la estación humeda (Laos sólo tiene dos estaciones: húmeda y seca). Los hay diminutos que no sientes mientras te vampirizan cuyas picaduras hacen efecto dos días después -los peores para mi gusto- y enormes mosquitos-tigre armados con un alfiler cuyos ataques sientes como un arponazo y tienen efectos alérgicos inmediatos. Casi siempre están emboscados bajo las mesas de los restaurantes (peligrosidad entre las 19 y las 22 horas). Hay días que hay decenas a tu alrededor buscando tu CO2 y aromas vitales…
La pasta dentífrica y el interior de las peladuras de plátano han demostrado ser un remedio bastante efectivo para las picaduras más agresivas. Los anti-histamínicos (Narine repetabs en mi caso) se encargan de los efectos y reacciones más usuales.
El riesgo de contagio de malaria -amén de otras muchas enfermedades- hace que los mosquitos sean especialmente odiados.
- Moscas enanas: tamaño del orden de un milímetro. Aparecen por las mañanas y tienen la costumbre de volar delante de tus ojos, casi tocándolos. Es casi imposible cazarlas y nunca se dan por vencidas. Tener una mosca cojonera surfeando tus ojos es increíblemente desagradable, sobre todo porque a veces se acercan demasiado y terminan pegadas al interior de éstos. En caso de haber varias pululando en torno a tu cara lo mejor -antes de caer en barrena en un ataque de histeria- es cambiarte de sitio.
- Cucarachas salvajes: viven libres como el viento y planeando las corrientes de éste terminan metidas en tu habitación. En mi caso, entraban por el conducto de ventilación del baño cuando el ventilador de éste estaba apagado. Despertarte en mitad de la noche con una cucaracha saltando a tu cara es cuanto menos sorprendente. Poner tu primer pie del día en el suelo y descuajaringar el cadáver de una cucaracha, sencillamente asqueroso. Un apaño con una porción de tela mosquitera en el baño y un listón de madera en los bajos de la puerta terminaron con las visitas nocturnas.
Al margen de estos tres toca-narices oficiales tenemos plagas cíclicas.
Tras las tormentas suelen abrirse los huevos -miles- de diferentes tipos de bicho. Los más numerosos son una especie de hormiga alada enorme que llega por la noche atraída por la luz eléctrica. Miles de ellas. Cuando chocan contra algo las alas se desprenden y las hormigas siguen su camino por el suelo dejando una alfombra queratinosa a su paso. Es difícil imaginar la situación: estás en tu balcón disfrutando de tu Ovomaltina de buenas noches y de repente una nube de miles de insectos descerebrados se lanza contra todas las luces que te rodean mientras ‘llueven’ pares de alas y hormigas kamikazes encuentran maneras absurdas de meterse denro de tu ropa. Son inofensivos… pero éso explícaselo a tu instinto de mamífero.
Las plagas de ranas suelen terminar en el mercado nocturno como Delicatessen local: empaladas en un pincho asadas a la parrilla a 20cts el pincho. Poca ‘chicha’ para tanto hueso.
De vez en cuando te encuentras una araña tamaño puño, aunque es raro en zonas ‘urbanas’ (la jungla está a 10′ de paseo). Las más usuales son una pequeñas -dos a tres centímetros- arañas saltarinas increíblemente ágiles que pueden dar saltos de unos 20cm. En mis cortinas vive una bastante grande, tenemos un trato: ella vive en su lado de la cortina, come cualquier entidad capaz de penetrar la mosquitera y yo me mantengo en mi lado de la cortina y no uso spray mata-bichos contra ella.
El resultado de “tanta” vida es una sensibilización cutánea increíble aderezada con altas dosis de paranoia: es difícil diferenciar entre un vello movido por el viento, una gota de sudor resbalando y un bicho -cualquier tipo de bicho citado- visitándote.
Con el tiempo tus sentidos dejan de percibir ruidos y bichos no peligrosos creando filtros de alerta selectiva para el resto, y te encuentras asesinando docenas de insectos a diario de forma casi inconsciente.
También te vuelves un poco xenocida, imaginando, por ejemplo, un mundo sin mosquitos, libre de sus molestas picaduras y especialmente de todas las enfermedades que transmiten. Sería un mundo mucho más feliz. Un mundo sin malaria. Creo que poca gente echaría de menos a los mosquitos :)
