Me río de Avatar: ja ja ja

27 June, 2010 (09:01) | Xanfarin.com | By Xan

Hay una escena de Avatar, la película, en la que “desconectan” al protagonista y su avatar cae inconsciente en la jungla hasta que logra volver a ‘conectarse’ a él.

Muchas horas tendido en el suelo. Inconsciente hasta que es despertado justo a tiempo… todo muy dramático-romántico. Tras una noche “durmiendo” en el suelo, en la jungla, el avatar del protagonista se levanta y prosigue su vida como si nada hubiese pasado. Como si hubiese dormido en un jardín inglés o en su hamaca. Risible.

Las agencias de eco-turismo en Laos ofrecen siempre viajes “a lo más profundo de la selva”. Por un módico precio puedes ser “el primero” en “estrenar” una nueva vía y “descubrir” una “tribu”.

Usualmente, dado que los turistas en mi ciudad están muy poco tiempo de media -lo justo para uno o dos trekkings breves- las agencias no necesitan cambiar sus carteles o campañas de marketing: la misma tontería sirve para todos.

Cada ‘farang’ (extranjero) que llega se siente especial, un auténtico “cazador blanco”. Un aventurero.

Cualquiera con una mínima experiencia en bosque tropical sabe que llegas hasta donde llega el camino. No hay sendero, no hay forma de penetrar en la selva. Hacer un sendero lleva meses y suele ser ayudado de hogueras controladas; los machetes son para las películas. Al margen de las vías que comunican aldeas/hogares entre sí, en la mayoría de los casos hablamos de senderos funcionales que no están pensados para el turismo (no llevan a “ningún sitio especial”): son accesos a agua, áreas con árboles frutales, rutas de ‘recolección’ de plantas comestibles, etc. Caminos sin salida de ida y vuelta.

La “selva virgen” es un muro. Un muro verde lleno de vida.

Desde que estoy en Laos he vistado varias veces las puertas del menguante bosque primario: es el infierno. Un infierno verde lleno de millones de insectos que no salen en ninguna película. Desde mosquitos que te devoran vivo sin esperar a la hora del desayuno o la cena a bichos que estoy seguro aún no han sido clasificados por ningún entomólogo (de hecho, hace poco un entomólogo alemán vino a preparar una “trampa de luz” en bosque primario y creo que tardará años en clasificar y valorar lo que sus redes capturaron esa noche).

El calor y humedad ambiente hacen que tu entorno se parezca a una sauna finlandesa. A la hora de llevar agua para las “excursiones” suelo calcular un litro por cada cada dos horas de paseo; los cocos y otras frutas del “supermercado de la jungla” aportan el resto. En bosque primario el consumo de agua se acelera: te deshidratas sencillamente estando de pie, moverte es como abrir grifos en tu cuerpo. Según los senderos se estrechan desaparecen las opciones de obtener frutas porque sencillamente no puedes desplazarte a por ellas (o vas a perdermás agua/energía de la que vas a ganar). Quedarse sin agua asegura pasar muchas horas desagradables: la sed ‘auténtica’ en medio de una creciente deshidratación es una sensación horrible que sólo mitiga saber que estás a horas de distancia del agua embotellada más cercana.

Fuera del sendero, pisar es meter el pie en la nada esperando que no haya arañas, serpientes u otros bichos de mal morder. O más plausible: ramas rotas que clavarte o con las que cortate, agujeros en los que torcerte o romper el pie y zonas húmedas en las que resbalar y caer hasta sólo los espíritus saben dónde.  En la mayoría de los casos el resto del cuerpo no podrá acompañar a aquellos valientes pies que han puesto su pica en Flandes un metro por delante de sus dueños: el mosaico de plantas impedirá el avance. El fuego -o los ríos- es la única manera de penetrar la jungla.

Y nadie en su sano juicio se tumba en el suelo en la jungla. Y menos aún para dormir. Estar parado significa que las hormigas suben por tus piernas, las arañas caen sobre ti desde los árboles y bebedores de sangre te localizan por el olor que exudas.

Y éso durante el día. La noche es mil veces peor. Oídos, nariz, boca, pelo serán buscados como nuevo hogar por su temperatura y/o humedad. La piel usada para anidar la prole de varias especies o sencillamente como un “all-you-can-it” de estúpido “farang”, valga la redundancia.

Mis pocas veces en zonas “profundas” acompañando algún chamán y/o viejo cazador se han saldado con abuso de anti-histamínicos para poder sobrellevar los ataques a mi cuerpo. La gente que penetra en el bosque primario tiene sus propios senderos, abiertos a lo largo de los años, muchas veces sólo ‘visibles’ por ellos mismos. Tienen “camas” preparadas en las zonas que frecuentan: plataformas hechas de troncos desramados atados a árboles y entre sí creando un pequeño soporte a un par de metros del suelo donde pasar la noche. Usualmente despiertos, cantando con una pequeña hoguera: es más seguro dormitar durante el día. Los espíritus -y los predadores- son más activos durante la noche.

Las “tribus” (miembros de alguno de los grupos étnicos oficiales de Laos) no viven aisladas: la gente viaja, va y viene. Visitan a amigos y familiares. Compran, venden, intercambian. No existe el concepto de “tribu aislada”, al menos no a largo plazo, la endogamia los aniquilaría y en la mayoría de los casos los tabús de tipo totémico compelen a buscar pareja fuera de -al menos- el clan.

Y no hay tribus “perdidas”: ellos saben perfectamente dónde viven, quienes son, y llegado el caso, dónde encontrar el mercado -o la persona amigable- más cercano donde comprar -cambiar por leña u otros productos- un buen cuchillo-machete, tacaco, una azada o un paquete de agujas de coser.

La escena -todo en general- de Avatar es similar a las espectaciones de muchos turistas: tan inocente e ignorante como culturalmente supremacista.

En ambos casos es difícil ocultar la sonrisa: bastan cinco horas de paseo por un camino entre aldeas -una “autopista”- que los locales recorren a diario para convertir a urbanitas en versados montaraces. Es la magia del cine y de la Lonely Planet.