Por un tubo de escape… y unos centímetros
La Chica de la Habitación Naranja y un servidor han estado a punto de mudarse a un cenicero de diseño.
El contexto ha sido una autovia en Alemania y el motivo un tubo de escape. El tubo de escape pertenecía a un camión. Se deprendió durante un adelantamiento. El del camión. Pasó a muy pocos centímetros de nosotros.
Ibamos rápido pero no demasiado (carril de velocidad media en autovía sin límite de velocidad, unos 140 ó 150 km/h.) y estoy escribiendo estas líneas porque el tubo de escape, enorme, paso de largo.
Durante unos dos segundos la realidad se ralentizó hasta límites increíbles: mi cerebro se dedicó a analizar los botes-roces-golpes que el tubo daba contra el suelo para intentar predecir la trayectoria. Sólo hizo falta sangre fría al volante para mantenerse inmóvil ante lo inminente. Los siguientes dos segundos en pensar inútiles formas de avisar a los que venían detrás y anticipar en mi imaginación un accidente brutal con docenas de coches y muchísimos muertos.
Ha sido un día de suerte para mucha gente. Mucha suerte. Mucha gente. Mola estar vivo.
En otro orden de realidad: me encantan las carreteras del norte de Alemania. A 180km/h por “líneas rectas”, planas, con tres carriles y con gente pasándote por la izquierda -”carril rápido”- haciéndote parecer lento, el concepto “felicidad” parece más cercano, especialmente en un día de sol y con una preciosidad riendo tus gracias absurdas.
Vuelvo a estar en Münster esperando que el semáforo de la fortuna de luz verde a mis sueños. Como siempre, es una mera cuestión de presupuesto.
Sean felices.
La vida es demasiado breve para permitirse el lujo de ser infeliz.
