Pattaya y fuegos artificiales
Disfruto de mi último día de playa.
Estoy a dos horas de Bangkok, en un hotel lleno de moteros thai con sus ‘chonis’ monopolizando la piscina mientras ellos tontean con sus motos. Creo que nunca entenderé la cultura motera: la mayor parte del tiempo se limitan a arrancar sus motos, acelerar parados disfrutando del ruído, limpiarlas, admirarse y sacarse fotos. El “juego” parece consistir en repetir el proceso cada X kilómetros, con paradas en garitos con amplio parking y terraza llena de potenciales envidiosos, que se recorren en manada.
Status. Atención. Pertenencia a grupo. Jerarquías. Disfraces carnavalescos. Niños grandes. Masturbación.
Mi hotel está en medio de una reserva natural con vistas a un lago precioso en el que te puedes perder con kajaks alquilados a precios ridículos. La playa está a tiro de piedra. Estoy encantado.
Toda la zona está repleta de ‘villas’ de extranjeros afincados en la región, casi todos acompañados de alguna chiquilla local (quizá tengan 40, pero siguen pareciendo niñas). Evito el ‘nucleo duro’ de Pattaya lleno de puteros y pederastas que me revuelve el estómago, esta playa es la más cercana a Bangkok -dos horas- y es una de las mejores opciones a tener en cuenta para una excursión ‘centella’.
El clima, con los 30° grados casi contínuos, hace que estar en diciembre parezca irreal. Las noches son increíblemente agradables. Hace semanas que no llueve. Tras vivir durante años un monzón contínuo -entre Laos y Alemania- se agradece muchísimo vivir rodeado de cielos azules y sol. El mero hecho de levantarte en un día soleado carga tus baterías para hacer casi cualquier cosa. Especialmente cuando las noches están llenos de fuegos artificiales: anoche disfrute una muestra internacional de ellos. Increíbleble. Hacía años que no veía algo tan espectacular. Lo mejor de cada casa explotando en los cielos mientras babeas como un niño en la playa…
No me hago a la idea de que las Navidades están a la vuelta de la esquina. Por mucho árbol navideño que hayan montado en los centros comerciales. Sin frio y nieve no es Navidad :) No puede ser Navidad si estás en una playa vaciando coco tras coco :p
Mi físico está restablecido. Para una persona hiperactiva, la debilidad es una maldición. Es complicado explicar la frustación que genera que tu cuerpo no pueda estar a la altura de las necesidades de tu cerebro. Y sentir cómo tu cerebro no funciona como debería es peor aún. Siempre cansado. Siempre lento. Como si fueras una persona normal. Muerto en vida.
Me he saltado -contadas ocasiones- la prohibición de mi médico referente al alcohol: me limito a cerveza local -con hielos- y alguna copa aislada de vino, pero hay momentos en los que brindar es necesario. “L’Chaim” es un brindis que requiere cierta graduación.
Emocionalmente vivo en un carrusel de emociones.
“Tu deviens responsable pour toujours de ce que tu as apprivoisé”.
Es una gran cita de un gran libro. Le Petit Prince. “Eres responsable para siempre de lo que has domesticado*”. Durante demasiado tiempo me he sentido como un principito domesticado al que han atropellado y dejado varado en una carretera perdida mientras la conductora, una flor ebria, se marchaba de fiesta. Sin mirar atrás. Los días y las noches pasaron conmigo mirando sol y estrellas sin entender cómo ni porqué. O mejor dicho, no queriendo entenderlos. Bajo el shock de sentirme atropellado. Atropellado y abandonado a la intemperie.
Los días y las noche pasaron. Me levanté. Caminé mis primeros pasos. No había huesos rotos. Troté los siguientes. Intento ‘asilvestrarme’ lo más rápidamente posible y olvidarme de flores durante una temporada. El romanticismo es trágico por su propia naturaleza: todo lo que tiene un inicio tiene un final. Pero es aún más trágico cuando es ejercido sin responsabilidad.
El vértigo y la náusea de saberme flotando en el océano sin fondo de los primeros días está siendo sustituído por el placer de nadar y poder sumergirme en este mismo océano. De hecho, ahora mismo estoy buscando un batisfera para investigar qué hay bajo mis pies. Y aletas, un neopreno y un snorkel. Dejo el oxígeno para el año que viene.
Mis días están llenos de cosas que me hacen feliz. Por ahora, éso es suficiente. Espero poder volver a llenarlos de personas que me hagan feliz en breve.
* El Principito, capítulo 21: ”Todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo…”
