Futilidad y futuro en Laos
Si hay algo que Laos consigue con efectividad quirúrjica es aportarte la perspectiva vital necesaria.
Ku ha muerto. Ku era un tipo que empezó sacándome de quicio porque se metía en todas mis fotos y en todos mis vídeos. No lo hacía a posta, sencillamente estaba en todas partes intentando ayudar a todo el mundo. Decidí tomármelo con filosofía y con el tiempo se convirtió en un buen amigo.
Su nombre era Ku, pero yo le llamaba -en mi cabeza- Harpo por sus cejas pobladas, su gorro, su perenne gabardina atada con una cuerda y su parecido físico. Ku era pobre, lo que significa que su familia era pequeña y carecían de capacidad para trabajar la tierra. Pobre en un grupo étnico pobre en un país pobre te convierte en alguien que está un respiro por encima de la subsistencia. Era el hermano mayor y cabeza de familia -padre muerto- y las responsabilidades que tenía sobre sus hombros eran enormes: desde el día a día a la espada de Damocles de tener que organizar el funeral de su padre un año de éstos (costes -relativamente- enormes).
Ku acudía a todos los rituales ayudando a los chamanes y familia organizadora en todo lo posible: alcohol, tabaco y comida estaban asegurados -para todos los participantes activos- y al final del ritual recibía su pago en carne de cerdo. Su otro pago era en opio. El opio, junto a la comida, es gratis durante las ceremonias.
El opio es la medicina mágica de las montañas: quita el hambre cuando no hay qué comer, quita el dolor cuando no hay medicinas, quita la realidad cuando no puedes soportarla. Lo reciben los niños para que dejen de llorar por el hambre, los adultos para poder trabajar o para poder soportar el dolor resultante, los ancianos para poder morir sin sufrimiento, muchas veces, cuando ellos lo deciden. Es parte de la cultura local. Es la salvación de muchos en momentos puntuales y la maldición de demasiados para toda su vida: una vez adictos el consumo es diario, tres veces por día como mínimo. Su precio, desde que el cultivo de caucho se ha impuesto en las montañas, es siempre creciente.
Ku sólo podía continuar su adicción participando en rituales, así que era la persona más activa del poblado. Su familia recibía el premio en banquetes y carne de cerdo, a cambio, los hermanos pequeños tenían que trabajar los campos y cuidar de la casa. Su casa era un desastre. Tanta miseria que te daban unas ganas increíbles de llorar por el mero hecho de ver cómo tienen que vivir algunos seres humanos. Ku era bueno. Con B. Tenía una mirada con un fondo increíble y un aura que pedía una oportunidad para demostrar su valía. Era una gran persona apreciada por todos a la que se invitaba a trabajar siempre que era posible. Solo hubiese podido hacerse un futuro: su familia y todas sus responsabilidades eran sencillamente demasiado.
La enfermedad y el opio se lo han llevado. Nadie oficiará jamás un segundo funeral por él. El funeral que restaura tu cuerpo espiritual, rescata tu alma del infierno y manda ambos unidos a los cielos daoistas. Sólo hubo el funeral que se libra del cuerpo y expulsa el alma del poblado para que sea juzgada y encerrada en el infierno hasta que pague sus deudas (los chamanes la liberan en el segundo funeral, al menos tres añosdespués).
Morir sabiendo que dejas a tu familia condenada al hambre es algo muy difícil de afrontar. Vivir sabiendo que no tienes futuro no es vida.
Ku apenas hablaba Lao (sólo el idioma de su tribu), no tenía ningún tipo de estudios ni formación (incluso en las aldeas más remotas uno puede especializarse en algo: desde la cría de cerdos a la construcción de casas). Era el ayudante de todos. Un niño grande perdido que aparentaba mi edad pero tenía la mitad de años que yo. Gastado por el tiempo. Quemado por el sol. Ojos tristes pero siempre dispuesto a reir.
Lo echo mucho de menos. Añoro que me saque quicio cruzándose delante de mi cámara. Y recuerdo con mucho cariño cómo nos conocimos: quería saber mi nombre, yo era el primer extranjero que conocía. El primero que tocaba. Irónicamente, ni nick, Xan, que significa ‘pequeño’ -y ‘dragón’- en el idioma de mi grupo de estudio le hizo mucho gracia. Llamarme ‘pequeño’ sacándole yo una cabeza y al menos treinta kilos de peso le arrancaba siempre una sonrisa.
Su cuerpo está ahora enterrado en la jungla. En el cementerio al otro lado de la carretera. Un espacio maldito donde tienes que refozar tu espíritu bebiendo whiskey de arroz antes de entrar. En una tumba que nadie cuida ni cuidará.
Los miembros de su familia se han vuelto mendigos. Los niños han sido medio adoptados por otras familias mientras el opio termina de llevarse a los adultos que quedan.
La vida es dura en las montañas de Laos. ”Vive fuerte muchos años” te desean cada año nuevo.
Aquí no hay espacio para los débiles.
