Se llama Tun
Se llama Tun.
Es la mujer de uno de los chamanes con los que empecé a trabajar hace ahora tres años. Tiene un sonrisa preciosa y siempre me ofrecía té verde durante las entrevistas a su marido. Muchas horas y mucho té.
Su casa, de ladrillos, está cercana a la ciudad y fueron una de las primeras familias en tener ordenador. Tun trajo al mundo doce hijos de los que viven siete. El mayor es un hombre de éxito en la capital.
Se casó con su marido cuando tenía 15 años, sobrevivieron juntos a la guerra, al opio y al hambre.
Murió a las ocho de la mañana del primer de celebración del año nuevo Lanten. Tenía 71 años.
A las once, con Tun enfriándose sobre el suelo de baldosas, visité a su marido acompañado del regalo ritual de rigor: una bolsa de arroz sin cocinar con algo de dinero dentro. Los funerales duran tres días y el dinero siempre es bienvenido; hay que alimentar a todos los asistentes y la economía doméstica sufre con las sorpresas.
Tun estaba vestida con sus ropas tradicionales, yacía en el suelo, en el centro del salón/sala común, cubierta con el edredón con el que dormía. Una forma diminuta sobre la que se contruyó una ‘casa-espíritu’ de bambú para ‘contener’ su alma antes de exiliarla al infierno daoista donde aprenderá a ser ‘espíritu’, pagar por su karma y esperar a que su marido -o hijos- ahorren dinero para celebrar el segundo funeral que la llevará al cielo de sus ancestros dentro de tres años.
Es muy duro ver el cuerpo inerte de alguien a quien aprecias. Saber que es sólo forma y recuerdos en las mentes de aquellos que la rodean. Que jamás volverá sonreirte. Jamás volverá a hablarte. Que todo lo que te queda son tus recuerdos y algunas fotos. Que el vacío que tu sientes es nada comparado con el que sienten sus personas cercanas.
Los hombres no lloran en los funerales. Nunca. Mostrar efusividad provocaría que el espíritu de los seres queridos se quedase en casa, trayendo desgracias. Las mujeres, por el contrarío, gritan su dolor: las mayores guían el proceso logrando que todas terminen en un estado de histeria total. Es un espectáculo catárquico terrible. El dolor sin barreras, profundo, casi animal, de las mujeres y los semblantes de piedra con ojos sin expresión de los hombres.
Mi trabajo es documentar rituales. A veces se me rompe el corazón cuando tengo que sacar mis cámaras y empezar a hacer preguntas.
Mis ‘chamanes’ -sacerdotes daoistas- saben que los estudiantes tímidos no aprenden y esperan que pregunte sin cesar. Siempre responden a todo, con sumo detalle. Estando drogados por el opio. Borrachos por whiskey de arroz. Rotos por la muerte de la persona con la que han convivido durante los últimos 55 años. Mis preguntas siempre obtienen respuesta.
La vida y la muerte y los caminos entre ellas son su trabajo. Ahora es el mio.
Hay un momento en que como hombre puedes dar rienda suelta a tus sentimientos. Una trampa. Un truco. Consiste en dejar que tu moto vuele entre los campos de arroz, sin casco, dejando que el viento te arranque las lágrimas que tú no puedes dejar escapar. Es efectivo.
