No apto para madres :)
Me desperté hace casi exáctamente dos semanas, a medianoche, en el hospital local cuando docenas de manos intentaban colocarme en un camastro. Me despertó el dolor: tiraban de mi brazo izquierdo, intentaban levantarme desde los costados…
La policia estaba allí y empezó su interrogatorio. Yo perdí la consciencia al menos dos veces durante éste. Les dí mi móvil y los nombres de mis mejores amigos locales. Localizaron a Tong y él se pudo encargar de todo mientras yo me perdía en los brazos de Morfeo guiado por la primera injección de morfina militar china.
Con el amanecer llegaron las primeras visitas: Phonsak con su humor, haciéndome reir y provocando con ello un dolor difícil de soportar. Los crujidos internos y el dolor agónico auguraban algunas costillas rotas. Tobillo derecho con daños y hombro izquierdo dislocado o roto. Brecha en la cabeza… todo lo demás estaba bien. O al menos como siempre.
Para poder hacer unas placas tuvieron que llevarme al hospital militar. En camión. Una silla de ruedas hecha con una silla de plástico (estilo terraza de bar) acoplada a una vieja silla de ruedas rota se convirtió en mi medio de transporte para las distancias cortas.
Intentar estar erguido para los rayos x de mi caja torácita requirió dos intentos. El primero casi me tumba por el dolor. Es muy complicado estar erguido con la clavícula rota, mejor dicho, fragmentada. Y lo que parecían al menos dos costillas rotas. La tecnología del hospital militar era jurásica: las placas no eran nada claras con respecto a las costillas.
Más morfina militar china: no pudiendo girarme para ponerla en mi trasero pedí que cortaran mi ropa y usaran mis brazos… equivalen al trasero de algunas chicas lao :) Más visitas trayendo agua y comida… que era consumida por las siguientes visitas. Yo evité comer y bebí lo mínimo: pensar en tener que ir al baño me provocaba un pánico atroz. Baño lao: agujero en el suelo, una pesadilla cuando no puedes ni estar sentado en tu camastro.
Al menos 40 personas estaban mirándo el espectaculo que ofrecía mi persona. Estáticos, ojos abiertos como platos, mirándome fijamente. Niños llorando contínuamente (uno por quemaduras masivas), otros accidentados de moto, al menos dos personas agonizando… y la mujer Lanten a la que dí dinero para que acudiese al hospital hace unas semanas: su marido la llevó para que tratasen su pierna. Me alegró verlos allí como “vecinos”. Karma.
Bing, mi amor platónico Lanten, hizo compras de comidas deliciosa en el marcado de la mañana y me alimentó con palillos como si fuese un niño ante la mirada de los demás pacientes y visitas: sala común con al menos otras diez familias atentiendo a sus enfermos.
Creo que sólo mi madre y Bing me han alimentado de esta forma. Y pocas mujeres me han tratado con tanta ternura. Con Bing me comunico en chino, pinyin en los sms’s absurdos que intercambiamos a diario. Su familia se mudó a Laos desde China hace un par de décadas. Es una ‘salvaje’ -Yao- de las montañas que llegó a Laos con el pelo teñido de rojo escuchando música punk china… Su estatus social, con todo el mundo mirando cómo daba de comer a un extranjero, quedó aparcado durante un tiempo: jamás podré pagarle lo que hizo ese día. Sólo las madres, las esposas y las amantes alimentan a un adulto de esta manera. Nunca en público.
Según las visitas llegaban, llegaba la información: la moto estaba bien, nadie la había robado. Tong la llevó al taller para ser reparada (20€ para cambiar un embellecedor… yo me llevé todo el golpe) Evidentemente había tenido un accidente de moto. A 200 metros de mi casa en la ciudad.
Alguien me había traído al hospital pero nadie sabía quién. El tipo de impacto indicaba una colisión con un 4×4 -por el lado izquierdo de mi cuerpo destrozado- con caída posterior sobre el derecho (por la ropa sucia, mi pie derecho que probablemente había quedado bajo la moto, heridas en la espalda, etc. ).
Según el día transcurría parecía evidente que el médico no iba a venir a visitar hasta el día siguiente. Más morfina para hacerlo llevadero. Más visitas: todo el mundo sabía a estas alturas de mi accidente.
Al anochecer era evidente la necesidad de ir a un hospital de verdad: mi hombro necesitaba cirugía. Volar a Vientiane y luego a Bangkok fue desechada como opción: el día siguiente era lunes, el vuelo podía -probablemente- estar lleno y para confirmarlo habría que esperar hasta las 7AM… y yo no sabía si los daños internos -probables viendo los externos- soportarían un vuelo en un avión de juguete.
La opción B era la más dura: (1) conseguir una de las minivan que llevan a los jugadores de azar profesionales chinos y thai a los casinos para ir a la frontera Thai, cuatro horas por puertos de montaña; (2) cruzar el Mekong en bote con motor; (3) organizar una ranchera o una ambulancia para llegar al hospital privado de Chiang Rai, en Tailandia, otras tres horas. Diez horas en el mejor de los casos.
Saliendo a las 4AM estaríamos a las 8AM a tiempo de abrir de la frontera. La opción B era la única opción 100% viable (sin pedir un helicóptero de rescate). Logramos desviar a base de dinero una minivan que iba camino de Luang Prabang… y así salí de Luang Namtha: roto, con una apuesta muy arriesgada para llegar al hospital moderno más cercano.
Sólo puedo decir que mientras estaba sentado en mi silla de ruedas, mirando el Mekong, esperando a que mi hermano adoptivo Lanten, Len, consiguiese el bote más estable contratado entero para nosotros para evitar riesgos y balanceos innecesarios, dudé. No me creí capaz de cruzar el Mekong, o mejor dicho: de hacerlo y poder contarlo.
El Mekong parecía el Everest. El viaje en minivan por las montañas del norte de Laos había sido muy duro.
Lo crucé: es la cosa más dolorosa que jamás he hecho. Entré y salí de la canoa por mi propio pie y me dejé caer en la ranchera que esperaba al otro lado. Otro infierno de viaje donde cada curva pronunciada, cada bache, cada baden repercutía en mis huesos rotos…
Llegar al hospital fue como llegar al paraíso.
Nuevas placas -en alta definición- y un médico analizándolas: ochos costillas rotas, algunas por dos sitios. Desde la 2a a la 9a, todas en el lado izquierdo.
Discusión sobre fisura o ruptura de una novena costilla. Pulmón izquiero dañado pero -quizá- no lo suficiente para evitar una anestesia total… con un día de observación y mucha suerte sería factible operar la clavícula en dos días.
Recibí un juguete para ejercitar mi respiración e intentar recuperar el pulmón izquierdo: si el daño iba a mayores sería necesario practicar un drenaje antes de operar. Pocas veces he dedicado tanta pasión a algo tan absurdo como es mover tres bolas de plástico con mi aliento. Durante horas. Con un dolor brutal acompañando cada ejercicio.
Mientras tanto Len me ayudaba en lo que podía: el hospital me ofreció una suite con vistas al amanecer y todas las comodidades por 70€ la noche. En cuanto estuve en mi cama con acceso a más morfina lo mandé a hacer turismo a la ciudad. Estar solo, tras varios días rodeado de gente fue mi primer lujo.
En Asia, tu familia cuida de ti en los hospitales, estando solo se producen absurdas situaciones.
Por ejemplo: que alguien venga a limpiar tu habitación y aleje de tus manos mientras duermes el botón de emergencia y la mesa móvil con tu teléfono y tú tengas otro ataque de tos -bendita bronquitis- durante dos horas y tengas que arrastrarte por la cama hasta conseguir llegar al teléfono (lo mas cercano), llamar al restaurante -probando números al azar- y pedir ayuda… oxigeno para empezar, inhibidores de tos y algo para minimizar el dolor en las costillas que implica toser como si la vida te fuese en ello.
Cada cuatro horas un equipo venía a tomar mis constantes: presión, fiebre, etc. Casi siempre se dejaban las luces dadas por la noche y generalmente encendían el maldito aire acondicionado (cultura thai…). Despertar helado de frio con huesos rotos es una sensación horrible.
Tras varios días hice mi primer pipi, en un orinal de plástico (que ahora tengo como recuerdo). No entenderé nunca la costumbre de dejarlo bajo la cama -una vez vaciado en el baño- de alguien que no puede moverse de la cama. Me tuve que saltar mi primera comida porque no era capaz de levantar la pesada tapa de porcelana en la que venía servida. Bing no estaba para alimentarme y yo seguía teniendo pánico a tener que ir al baño. Comer no era importante. La morfina, por otro lado, era más que bienvenida.
Mi pulmón evolucionó favorablemente a base de ejercicios y buena suerte. El día 15 de febrero entraba en quirófano. Mi primera anestesia total sintiendo el frio letárgico dormir mis miembros mientras una voz femenina me decía en thai ” duerme, duerme…”. Decidí respirar más profundo y dormir. Fue como decidir morir.
La operación duró cuatro horas. Un generoso implante de titanio con cinco ganchos/tornillos fijó los fragmentos de mi clavícula. 12cm de de corte en mi hombro con 9 puntos de sutura para “instalarlo”. Me conectaron a un robot dispensador de morfina con un joystick con el que conseguir dosis según necesidad pero sin riesgo de sobre dosis. Es el juguete más interesante que jamás he tenido.
Entre tanto, tuve que explicar al equipo de enfermeros como usar el ‘slider’ de plástico para moverme entre las camillas… usualmente lo hice yo solo usando la ‘técnica del gusanito’ ante la mirada de todo el equipo que prefería el ’1,2,3 arrastrar mis 82kg’… con mis costillas chocando contra el hierro de las camillas; explicar a cada enfermera que no podía usar mi brazo izquierdo para medir mi tensión porque el hombro estaba roto; sufrir la frustación de tener que vivir con el lado izquierdo “paralizado” mientras el derecho era inutilizado a base de conectarle tubos (suero, morfina, etc.); vivir en una cama en la que necesitaba 30cm extra para mis piernas (tras unos días, vivir con las piernas flexionadas es una tortura). Etc.
Len se volvió a Laos tras la operación, no sin antes traerme a la habitación a la amiguita -prostituta- que había conocido cuando lo mandé a hacer “turismo”. Tuvieron sexo en el sofá contiguo a mi cama mientras yo pulsaba varias veces el botón de la morfina para apagar mi cerebro por un rato: Laos es diferente y somos familia (hermanos adoptivos), dejémoslo así.
Cuando llegué al hospital mi tensión máxima era de 120, en el hospital tuve picos de 190… No era por el dolor. Diferentes culturas :)
Eva, mi colega de profesión, compañera de estudios y de trabajo de campo, vino a cuidarme tras la operación. Todo cambió a mejor exponencialmente desde entonces.
Su mano -tirando de la mia- fue la que me permitió sentarme en la cama tras la operación. Increíble sensación con mi cabeza “volando”. Al día siguiente estaba caminando con ella como guarda espaldas a mi lado: las drogas hacían de mí un niño grande lanzando sus pies al futuro esperando encontrar suelo. Tres días tras mi operación, con ocho costillas rotas, nos “fugamos” durante unas horas del hospital -caminando- a un centro comercial cercano buscando sushi… A los cinco montaba en tuk-tuk para irnos de excursión por la ciudad. Un hospital sin nada que hacer es una prisión para un hiperactivo.
Durante días mi actividad consistió en “escalar la pared” con mi mano izquierda (imposible hacer más), respirar buscando ampliar mi caja torácica al máximo, hacer pesas con botellas de agua, soplar en la máquina/juguete, practicar tai chi y pasear durante horas.
Aprendí a reirme sin dañar las costillas, a controlar mi tos y a usar la mecánica de mi cuerpo para hacer vida normal (entrar y salir de la cama, recoger cosas del suelo, comer…) sin afectar a los huesos rotos (piernas+balance+palancas/articulaciones como apoyo).
A los diez días de mi accidente recibía el alta médica. Mi primera ducha. Mi primera cama “de verdad”. A los doce volvía a mi vida “normal” pero ahora limitada: nada de motos, chicas locales ni cerveza Lao por unos días.
Hoy hace dos semanas exactas de mi accidente. Hoy estoy en casa de nuevo. Aún roto, pero operativo. La factura en el hospital thai supera los 4.000 euros, lo que es una cantidad absurda en Laos pero ridícula en Europa. Paga mi seguro.
Eva se quedará junto a mí trabajando en la ciudad hasta que volemos juntos a la capital a mediados de marzo. Ella seguirá con su año de trabajo de campo en Laos y yo me iré a Hong Kong, Shanghai, Düsseldorf como estaba programado. Bing vino a abrazarme ayer y a ver sus propios ojos que estoy “hen hao“, bien.
Espero poder volver usar mi moto la semana que viene. Y brindar por ello con cerveza Lao en cuanto pueda dejar la medicación.
En Laos decimos: sé fuerte y vive muchos años. Aquí no hay espacio para los débiles. Mi red social local local me ha mimado y mostrado su afecto de una forma que pocas veces he sentido. Estoy “adoptado”.
Lo que no te mata te hace más fuerte, dicen. No sé si soy más fuerte pero sé que puedo cruzar el Mekong con ocho costillas rotas.
Lo he hecho dos veces.
Muchas gracias por todas las muestras de afecto durante estos días. Por los ofrecimientos de rescate, pacharán y cascos de moto :) Por los sms de apoyo que alegraron mis noches sin morfina, las llamadas que desde la intuición adivinaron que “algo” había pasado… Muchas gracias por estar ahí.