Suk y Ta

9 February, 2012 (06:03) | Xanfarin.com | By Xan

Suk tiene 26 años, se divorció de su primera mujer porque tras casarse muy jóvenes descubrieron que no se soportaban el uno al otro.

Ahora está enamorado de una joven de un poblado con la que lleva saliendo un año. Habló con los padres acerca de la posibilidad de una boda. Lo padres han pedido un dote absurda. Es su manera de parar el matrimonio.

Las dotes de los Thai Dam se piden en oro. Lingotes de oro. El valor al cambio de la dote es de unos 1.500€ a los que hay que sumar otros 2.000 ó 3000€ de la boda que la familia quiere: en las mesas han pedido cerveza, no whiskey de arroz. El coste es inasumible.

Suk gana 12€ al día. No todos los días. 300€ al mes. La vida es cada vez más cara en Laos. Las bodas se han convertido en un marcador de estatus local de lo más “interesante”.

Ayer estuvimos en el karaoke, bebiendo sin parar, cantando-gritando y haciendo comentarios estúpidos desde el micro acerca de la belleza de las chicas asistentes. Suk estaba muy triste cuando empezamos. Feliz al terminar. Feliz y muy borracho.

Hoy se ha despertado con una resaca horrible y el mismo problema que tenía ayer. Está más contento: necesitaba amigos y sus amigos acudieron. Hoy volverá a intentar negociar la dote.

Ta murió hace dos días. Lo cazaron como a un animal. Tenía 19 años y una prometida preciosa. Volvía de recolectar comida en el bosque, por la noche, a eso de las 19:00. Cuando se lavaba las manos, acuclillado en un arroyo, un cazador le disparo. La bala le atravesó el cuello. La familia quiere creer que fue un accidente de caza. Ocurren muchos en la región y no todos son accidentes.

El gobierno retiró las armas a la población civil hace años pero muchos tienen rifles o mosquetes caseros. La caza sigue siendo un aporte importante de calorías para muchas familias.

Conozco al padre de Ta y al padre de su prometida. Estoy invitado al funeral. La pérdida es increíblemente dolorosa, era muy joven. Cuando crees que tu hijo por fin es un hombre que puede cuidar de si mismo, lo que en Laos es un momento muy importante (porque puede empezar a cuidar de ti) te lo mata.

Un hijo significa nietos, que el clan tenga futuro. Un hijo es el plan de jubilación local.

La familia está destrozada. Es muy duro imaginarse esta muerte en particular. Están buscando al cazador, pero las balas no tienen nombre y por la noche, en el bosque, los cazadores son sólo sombras.

 

 

 

Chamanes en una discoteca china en Laos

5 February, 2012 (19:27) | Xanfarin.com | By Xan

En realidad no son chamanes. Están ordenados como “sacerdotes” de una secta daoista que se conformó hace unos mil años en China.

Una secta que mezcla budismo, daoismo, confucianismo y animismo de forma muy compleja. Mucho animismo… lo que los convierte en “chamanes” de facto. Burócratas imperiales monjes chamanes, o algo así.

Hoy los he llevado de excursión: un camión ha recogido a todos los que se sentían con fuerza en el poblado. Hemos ido al mercado noturno a cenar (tres patos, cuatro kilos de arroz glutinoso, ensalada de papaya y dos cajas de cervezas) y luego ha tocado la discoteca china.

Querían conocerla porque es el “enemigo”: nadie quiere “estudiar” hoy en día. Todos los jóvenes quieren una moto, dinero y chicas. Pasarte cuatro horas al día copiando alguno de los 40 libros de tu maestro es un coñazo. Doy fe: es un coñazo. Sobre todo cuando terminas una página tras una hora de duplicar “palitos” y tu maestro chamán la coge y la quema porque no es “perfecta”.

Hoy han bailado música house.

Casi provoco un infarto a una decena de hombres que podrían ser mi padre o mi abuelo por el sencillo motivo de invitarlos a bailar: una vez que te conviertes en chamán de mi tribu, siempre tienes que dar lo mejor de ti: bailar es BAILAR. Aunque sea música house. Tampoco es tan diferente de sus tambores :p Y sus danzas tradicionales se han mostrado perfectamente adaptables.

Creo que nunca he respetado tanto a nadie. Ni me he sentido tan entrañablemente cercano.

Nunca he conocido a gente así. Eran como niños flipando con los colores de los neones (la electricidad llegó a su pueblo el año pasado) a la vez toda la noche ha sido un ritual contínuo. Todo ha sido ceremonía.

Toda mi vida cobra sentido por el mero hecho de haber podido disfrutar de esta noche. Los vídeos son flipantes…

Lo peor es que las chicas Lao se me dan cada día mejor :) Mejor aún que las Thai xD xD xD Lo que hace hablar idiomas y ser un asíduo de los antros de lujuria y perversión :p

Me encanta mi trabajo. Sin más.

 

 

 

Efímeras moscas de la fruta… o el porqué de las cosas

4 February, 2012 (08:25) | Xanfarin.com | By Xan

Entender el porqué de muchos de los comportamientos en las montañas de Laos lleva desde a  frustaciones a asunciones totalmente post-colonialistas (cuando no supremacistas).

Nada permanece en este mundo: todo tiene un inicio y un final. Casi todo el mundo lo sabe pero poca gente lo comprehende.

Nuestra sociedad -englobo sin rubor a la cultura occidental- nos educa para ‘creer’ que viviremos “para siempre”. De hecho la nueva tendencia es convencernos de que seremos jóvenes siempre. Es casi un timo piramidal que todo el mundo está deseando creer: es la palanca para meterte en créditos de treinta años y jornadas laborales que los esclavos en la antigua Grecia y Roma no tenían que sufrir.

La seguridad de las ciudades, los modernos estándares de vida con paro, jubilaciones, acceso a la cultura y sobre todo los sistemas médicos ayudan a que compremos esas ideas y las hagamos nuestras: ochenta años es una edad a la que mucha gente llega hoy en día. Eres “joven” hasta los 40 y con las operaciones adecuadas lo “pareces” (algunos se lo creen) hasta los 50. Mucha gente no verá un muerto en toda su vida. Nadie morirá en tus brazos.

En el norte de Laos, sólo algunos maestros taoistas alcanzan esas edades.  Eres abuelo a los 40.

El potencial de muerte siempre está ahí, la diferencia es dónde localizamos el ahí. Y cómo tratamos la muerte.

En Laos la muerte llega de forma silenciosa mientras duermes -tu espíritu vaga y a veces pierde el camino de vuelta-, en las carreteras  o debido a cualquiera de los cientos de miles de enfermedades que puedes contraer en los trópicos. Malaria, dengue, tuberculosis, pulmonías… accidentes de moto. El número de muertes por electrocución ahora que la electricidad ha llegado a los poblados es increíble: monzón e instalaciones caseras son una mezcla peligrosa, especialmente cuando no tienes ni idea de lo que la electricidad es.

El último platero de mi tribu murió electrocutado encendiendo una bombilla al volver a casa empapado por la lluvia. Todo el pueblo aprendió la lección. El mercado de Muang Xing ardió porque nadie comprendió que no puedes enchufar tropecientos mil artilugios en el mismo enchufe… que hay un límite de carga. Que no puedes tener basura en lugares donde puede saltar una chispa.

He perdido la cuenta de los funerales que he atendido ya. Intento no mirar las marcas de spray rojo en las carreteras -y hay sólo dos- que la policia traza cuando hay un accidente. Todos los días hay accidentes. Han bajado la velocidad a 30/40km y van a duplicar el ancho de vía: hay demasiados muertos.

Vivo rodeado de muerte. Aquí es una certeza. Las vidas son breves y se viven con intensidad. Cada día cuenta. Cada amanecer es un reto. Cada noche una apuesta. La gente se levanta con el sol porque tienen una hambre de vida insaciable: duermes lo mínimo para vivir lo máximo.

La gente trabaja de una forma increíble porque no hay paro ni jubilación ni seguros médicos. Tus compras no tienen garantía. De sol a sol. Todos los días de la semana. Sólo algunos tienen acceso a los bancos con sus créditos mágicos (y draconianos). Una enfermedad o un accidente pueden arruinar a una familia (clan al completo).

Pagar la operación de un hijo condenó a uno de mis chamanes a vivir en una chabola durante 10 años al tener que vender la madera con la que iba a construir la casa para cubrir los gastos. Todavía hoy tienen deudas.

Mucha gente prefiere perder movilidad de una pierna, un brazo o una mano a arriesgarse a hacer pasar hambre a su familia. El año pasado las lluvias arruinaron el tratamiento tradicional de los campos (hogueras, abono orgánico de búfalo, etc.) y como resultado este año las celebraciones se han reducido a la mínima en año nuevo… nadie pasa hambre pero no sobraba comida para dilapidar en rituales. Los ancestros y los espíritus lo entienden.

Todos -absolutamente todos- mis amigos han tenido al menos un accidente de moto. Todos los hombres de mi entorno tienen una cicatriz que da mucho respeto o un hueso roto que casi nunca suelda bien. Desde por volver borrachos a casa en moto por la noche a sencillamente cruzarse con un búfalo libre en la carretera (me ha pasado ya varias veces).

La gente baja de las montañas, se sube a motos de cuatro marchas que alcanzan los 140/160 km y se lanzan a correr por las carreteras sin realmente entender qué significa conducir. Los niños van al colegio en moto y es increíble las cosas que una ‘vespa’ puede cargar cuando no tienes otro medio de transporte: desde neveras a cantidades absurdas de leña. O niños.

Hoy puede ser tu último día. Tu última fiesta. El último beso que recibes de tu mia noi o de tu fan mai, de tu “esposa pequeña” o tu “nueva amiga”.

En Laos siempre bebes una cerveza para el camino cuando te despides de tus amigos: para que no lo olvides. Nadie rechaza esa “última cerveza” por tradición y sobre todo porque podría ser la última.

Todo cobra sentido cuando entiendes que la gente sabe que el largo plazo existe… pero no terminan de creérselo. Es exáctamente lo contrario a lo que sucede en Europa. Entonces entiendes porqué queman sus junglas. Porqué no dedican tiempo a mejorar sus casas. Porqué no dedican tiempo a mejorar la situación de su “futuro yo”, ése desconocido que no están seguros de llegar a conocer.

Es difícil crear planes de desarrollo en un país tan centrado en el hoy y en el yo (entendido como clan).

Mis amigos guías trabajan doce horas seguidas y se gastan los 15 dólares que ganan la misma noche tras una ducha: cerveza y mujeres. Mañana será otro día. Sus arrozales y animales les aseguran la comida todo el año.

Hay pocos emprendedores en Luang Namtha. Casi todos dejaron sus familias y poblados de niños y tienen la influencia exterior: el “tempo” de China, de Vietnam, de Rusia, de la capital…

Muchos pertenecen a etnias chinas (no-Han) migradas durante los últimos siglos a Laos, como los Phu Noi o los Hmong, con mentalidades originarias de otras culturas.

Los besos de ayer carecen de sabor y sólo tiene sentido pensar en ellos si vienen de la mano de una nueva promesa para hoy. El arroz que comiste ayer no te dará fuerza para trabajar hoy, dicen en Laos.

Carpe diem, tempus fucking fugit.

He encontrado en Laos muchas de las cosas que he estado buscando toda mi vida.

El truco final, ahora mismo, consistirá en poder hacer malabares con el futuro y tenerlo todo: lo mejor de cada mundo.

Durante tanto tiempo como sea posible :)

 

 

 

 

 

 

Cambio social, adaptación cultural

30 January, 2012 (04:39) | Xanfarin.com | By Xan

Antiguamente -hace diez años- el intercambio ritual de canciones de año nuevo constituían uno de los eventos más interesantes de mi grupo étnico.

Durante los tres días de celebración del año nuevo chino, por las noches, las chicas de otros poblados vienen a cantar entorno a las hogueras de alguna de las casas del poblado elegido como anfitrión (uno diferente cada año). La casa se pacta con antelación, usualmente es la de un miembro del consejo de ancianos.

El proceso es sencillo, las mujeres casadas / ancianas cocinan un montón de comida y preparan garrafas de whiskey de arroz rodeadas de las chicas más jóvenes / solteras mientras todas juntan ensayan -aprenden- las canciones.

Los ancianos charlan con los chicos en otra casa, preparan sus canciones e intercambian aventuras mientras esperan. De cómo levantaban el tejado de la casa de su futuro suegro con una vara de bambú para colarse por la noche y dormir unas horas con su futura mujer, o una amante. De cómo a uno lo pilló el padre en el bosque teniendo sexo con su hija, consiguió atraparlo y le ató una pulsera ritual a la muñeca que lo ‘condenaba’ al matrimonio sin opciones de pactar el precio de la novia (años de exclavitud en la casa del suegro para poder pagarlo antes de construirse la suya propia). Etc. Etc.

Es apasionante escuchar todas las batallas. Generaciones juntas compartiendo 60 años de historia. Las historias de las mujeres suelen ser más tristes: más ‘avisos de navegante’ que amorosas.

Llegada la hora, los hombres acuden a la casa donde se encuentran las mujeres; los ancianos son los primeros en cantar. Primero las mujeres, luego los hombres en respuesta. Según el alcohol fluye los demás se suman… y empiezan las bromas, las miradas, el flirteo. Los chistes sexuales, los juegos de palabras. La química que ha ido reuniendo a los asistentes durante el día (en el festival hay juegos, danzas, competiciones… oportunidades para conocer y medir a futuras parejas) empieza a producir efectos azuzada por los ancianos (sin parejas/niños nadie cuidará de ellos vivos/muertos en el futuro).

Hay pocas cosas más sonrojantes que ancianas asiáticas enseñando a los jóvenes los secretos del sexo.

Doy fé: Ancianas de la etnia Thai Dam no me dejaron en paz el año pasado hasta que mi “juego de cadera”, mientras aprendía una de sus danzas rituales, no alcanzó la cadencia y “rotundidad” esperadas. Me corregían con una larga vara de madera desde la distancia, empujando mi trasero con ella mientras bailaba con una criatura de 15 años que se descuajaringaba de la risa. Con todo el poblado mirando.  Muy instructivo. Para mejorar la técnica me metieron media botella de whiskey de arroz entre pecho y espalda en monodosis. Una docena de abuelas gritando consejos, acercándose a ti con vasos de alcohol que te vierten en la boca sin preguntar mientras la gente aplaude… a mí a y a los otros desdichados metidos en el ajo.  Ése día aprendí tres tipos de danza diferentes y rechacé practicarlas en privado con un par de entusiastas solteras y una anciana que había bebido al menos lo mismo que yo :)

Las cosas han cambiado en mi poblado.

Mientras preparaba mis cámaras y grabadora la mayoría de mis amigos se acicalaban usando un espejo de moto que pasaban de mano en mano. Ropa moderna estilo hip hop. Nada de la ropa tradicional que lucen en el poblado o con la que acuden a trabajar a los campos de arroz. Nada del uniforme que llevan al colegio de secundaria o el instituto.

Pocos iban a quedarse esa noche.

La mayoría de la gente con acceso a una moto -caben tres personas en una- se iba a la discoteca china. Una de las dos de la ciudad.  ’Cantar’ parece estar pasando de moda, a no ser que lo hagas en un karaoke, con canciones chinas, lao y thai. No sobrevivirá una generación.

Tener sexo en el bosque, el resultado esperado de las canciones nocturnas en el poblado -y origen de muchas parejas no organizadas por los padres- es algo que sólo sucede cuando no puedes pagar una guest-house; y las chinas empiezan a dos euros la noche. En un burdel puedes conseguir una chica desde tres euros y estar en casa antes de que tu padre ponga el candado interior a la puerta y tengas que dormir con los animales o en el campo.

Los jóvenes ya no necesitan este marco social para relacionarse: tienen la escuela, el instituto, los bares y las discotecas para conocer gente. En el pasado éstos eventos eran la única manera de conocer a alguien de fuera del poblado, algo así como las “verbenas” de los pueblos: la gente venía desde horas de distancia en camión. Era el evento del año.

Las cosas cambían muy rápido. Móviles y motos han traído una revolución. La enseñanza secundaria implica salir del nicho social: romper la endogamia del poblado y las relaciones limitadas a l propia etnia.

Poca gente sigue siendo animista -purista- tras unas clases de ciencia. Poca gente quiere seguir en una aldea cuando puedes vivir en un pueblo. Y en un pueblo cuando puedes vivir en una ciudad. Hablo de tener -o no- electricidad y agua corriente (un grifo en el centro de la aldea). De vivir en la montaña o en el valle. A horas o minutos de hospitales y colegios.

Pocos jóvenes quieren pasar la noche escuchando batallitas de los abuelos y bebiendo whiskey de arroz alrededor de un fuego cuando pueden emular el ‘break dance’ que comparten en los videos de sus teléfonos móviles en una discoteca llena de neones y música ensordecedora repleta de hormonas descontroladas.

Este tipo de vida implica gastos que la economía de subsistencia de las aldeas no puede cubrir: trabajar en la ciudad acelera el proceso. Es una espiral de cambio incontrolable. El salto generacional es cuasi cuántico.

Mi curiosidad con respecto a los niños que se están criando viendo la televisión -a mi poblado llegaron el año pasado, con la electrididad- es aún mayor. La mayoría de los programas son thai, no lao. Las teleseries muestran un mundo tan lejano como envidiado que tiene efectos impredecibles.

Filmé y fotografíe los cantos nocturnos. Sé que serán uno de los últimos. Sé que no tienen nada que ver con los que tenían lugar hace sólo una década. Cuando los jóvenes dejen de acudir -sólo los más pobres, los que tienen padres muy tradicionales o los que vienen de aldeas más remotas lo hacen ahora- estos rituales -y muchos otros- dejarán de tener sentido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Se llama Tun

28 January, 2012 (06:29) | Xanfarin.com | By Xan

Se llama Tun.

Es la mujer de uno de los chamanes con los que empecé a trabajar hace ahora tres años. Tiene un sonrisa preciosa y siempre me ofrecía té verde durante las entrevistas a su marido. Muchas horas y mucho té.

Su casa, de ladrillos, está cercana a la ciudad y fueron una de las primeras familias en tener ordenador. Tun trajo al mundo doce hijos de los que viven siete. El mayor es un hombre de éxito en la capital.
Se casó con su marido cuando tenía 15 años, sobrevivieron juntos a la guerra, al opio y al hambre.

Murió a las ocho de la mañana del primer de celebración del año nuevo Lanten. Tenía 71 años.

A las once, con Tun enfriándose sobre el suelo de baldosas, visité a su marido acompañado del regalo ritual de rigor: una bolsa de arroz sin cocinar con algo de dinero dentro. Los funerales duran tres días y el dinero siempre es bienvenido; hay que alimentar a todos los asistentes y la economía doméstica sufre con las sorpresas.

Tun estaba vestida con sus ropas tradicionales, yacía  en el suelo, en el centro del salón/sala común, cubierta con el edredón con el que dormía. Una forma diminuta sobre la que se contruyó una ‘casa-espíritu’ de bambú para ‘contener’ su alma antes de exiliarla al infierno daoista donde aprenderá a ser ‘espíritu’, pagar por su karma y esperar a que su marido -o hijos- ahorren dinero para celebrar el segundo funeral que la llevará al cielo de sus ancestros dentro de tres años.

Es muy duro ver el cuerpo inerte de alguien a quien aprecias. Saber que es sólo forma y recuerdos en las mentes de aquellos que la rodean. Que jamás volverá sonreirte. Jamás volverá a hablarte. Que todo lo que te queda son tus recuerdos y algunas fotos. Que el vacío que tu sientes es nada comparado con el que sienten sus personas cercanas.

Los hombres no lloran en los funerales. Nunca. Mostrar efusividad provocaría que el espíritu de los seres queridos se quedase en casa, trayendo desgracias. Las mujeres, por el contrarío, gritan su dolor: las mayores guían el proceso logrando que todas terminen en un estado de histeria total. Es un espectáculo catárquico terrible. El dolor sin barreras, profundo, casi animal, de las mujeres y los semblantes de piedra con ojos sin expresión de los hombres.

Mi trabajo es documentar rituales. A veces se me rompe el corazón cuando tengo que sacar mis cámaras y empezar a hacer preguntas.

Mis ‘chamanes’ -sacerdotes daoistas- saben que los estudiantes tímidos no aprenden y esperan que pregunte sin cesar. Siempre responden a todo, con sumo detalle. Estando drogados por el opio. Borrachos por whiskey de arroz. Rotos por la muerte de la persona con la que han convivido durante los últimos 55 años. Mis preguntas siempre obtienen respuesta.

La vida y la muerte y los caminos entre ellas son su trabajo. Ahora es el mio.

Hay un momento en que como hombre puedes dar rienda suelta a tus sentimientos. Una trampa. Un truco. Consiste en dejar que tu moto vuele entre los campos de arroz, sin casco, dejando que el viento te arranque las lágrimas que tú no puedes dejar escapar. Es efectivo.